Hoy es agosto, mes de parques húmedos, fríos, desolados, alegres.
Agosto es solo tuyo Octavio, y de Cuarta y Marcia.
Es tarde y cae la tarde, cae la bruma y cae el sol, como desde una azotea, como furibunda filípica.
Querido retoño, fiel a la viril toga abandonaste el hogar seguro, el impalpable placer de aquellas hierbas, largas siestas, los dátiles sirios, el áspero vino, los negros óvalos de Naxos.
Colorido, decidido, bañado por lluvias copiosas que desbordan y transforman la magna vía en celada mortal y Dolabela. Despiadadas cáligas espantan al ave que se despliega y despega, empala y ampara vigilante a la sombra de futuras copas lutecias; calvadoes y pernodes. Altanera, rapaz, vuela, vela por las bravas legiones.
Ligero, despreocupado, sobrio actor de la vieja academia, estoico hedonista, gran garza manca, agosto es distinguido aún en el dolor polar de sus versos ausentes; embajador de su clase, demora sus días en largas noches de helados despertares hasta que el nuevo sueño invita a la aventura y su resabio reclama un lugar en versos de mañana plena; luz abundante y desvelo; daga, vivac y llama; ascenso, hielo, cumbre y gloria. Apresúrate, no corras, el general prudente supera al temerario.
Arma virumque cano Troiae qui primus ab oris / Italiam fato profugus Laviniaque venit / litora, multum ille et terris iactatus et alto y por lo bajo la mirada azorada a la pava dormilona en el topolín. La gracia inoportuna, la burla artera, escriba, repita, diga, venga. La ira se revela hasta la mora, el brazo se eleva y el compás, modesto venablo, no espera, águila aguda, acierta la espalda inocente y clava el delantal azul justo junto al borde del centenario pupitre; lo engancha a Bollini, lo sujeta, lo detiene blanco como panel de cielorraso, antes de partirse al medio por el stick paquistano. Colérica, la fenicia fricativa salta ofídica y le estalla la cara al arquero que Paris quiso ser. ¿Cuánto debe la raptada a los fugitivos troyanos?
Nadie escribe como él. Nadie. “Es verdad, nadie escribe como él sobre el vidrio de arena verde plantado en tubos de metal cantábrico, labrado, y sentado, él sentado, en el gran sillón imperial de impala y a su lado otra mesa, de decretos y dictámenes, caoba y nogal.” Nadie escribe discursos como él, agosto pontífice y augur, rodeado de elementos patricios, pura natura, metal, cristal, bestia y bosques. Hiciste del ladrillo mármol y del sexto mes magno nombre. Por eso narra, por eso creo. Qué importa el argumento, vana trama, competencia de jueces y abogados. “A la brevedad, sé, un abuso de elipsis lo conducirá, en breve y extremo, sé, a escribir opacas páginas en brillantes blancos.” ¡Calla, fatuo! ¿Por qué no quiero la paz, soberbia anáfora? “Porque es vergonzosa, porque es peligrosa, porque no es posible.” El disenso no fue dirimido con la guerra. Sin embargo, aún perplejo no vacilo, sé a dónde dirigirme. Junto al río turbio y eterno, la ciudad de los conspicuos necrófagos de repugnante licencia verá como un cimbro mata a un hermano. Cruzaré la general paz con mis decuriones y no habrá retorno. Por los himnos, los escudos, las banderas y estandartes. Una alondra me protege. El valor avanza más rápido que la edad.



Me gusta mucho aunque no entiendo un soto.