El sábado 14 de julio se presentó el “Tren del Este”, un tren urbano eléctrico que circulará por Puerto Madero sobre vías que corren paralelas a la avenida Alicia Moreau de Justo.
La novedad despierta elogios, aplausos y entusiasmos. Ha vuelto el viejo tramway, medio de transporte ejemplar que no contamina ni hace ruido en una ciudad en donde el infarto auditivo es una epidemia silenciosa y la polución hace del aire un elemento irrespirable, tanto que cuando visitamos barrios periféricos como Villa Devoto o Parque Chas nos da la sensación de estar en zona rural.
El ticket costará 70 centavos. Seguramente que ese valor nominal simbólico se multiplicará varias veces vía subsidios. No hay modo de que una obra que costó decenas de millones de dólares pueda siquiera mantenerse con esa ridícula tarifa.
En la inauguración el alcalde Telerman habló como si hubiese presentado una réplica de la pirámide de Khufu. Se lo veía feliz. Finalmente, el presidente y su esposa -los mismos que hace sesenta días lo sacudían como a una alfombra- lo acompañaban en algo.
Pero, al margen de la política, que discrimina y que condena, lo que más nos sorprende de la obra es la extensión de la traza: apenas dos kilómetros o, más importante, 20 cuadras o, más grandioso, dos mil metros. Dicen que las formaciones pueden alcanzar 80 kilómetros por hora o, dividiendo 80.000 por 60, 1.333, 33 metros por minuto. A esa velocidad el tren podría hacer todo el recorrido en menos de dos minutos si, por ejemplo, un conductor borracho decidiera lanzar los vagones a fondo sin detenerse en ninguna estación; o si la mole se desbocara por algún desperfecto técnico, accidental o provocado. Excluyendo cualquier escenario catastrófico, en condiciones normales de circulación el viaje completo durará la friolera de … diez minutos, de punta a punta. Si presumimos, utilizando el sentido común, que no todos los pasajeros viajarán de cabecera a cabecera se puede concluir que un viaje promedio durará alrededor de cinco minutos. Trescientos segundos. El tiempo que consumimos insultando monedas, o mirando hacia el interior del vehículo en busca de algún conocido o acreedor, o esperando a que las personas que nos preceden a bordo terminen de pagar el pasaje.
Este periodista no es ferroviario, ni desciende de familia maquinista, fogonera o señalera. Sin embargo, pone a disposición de sus lectores y de las autoridades municipales y nacionales una opción que convertiría al tranvía porteño en un vehículo más seguro, todavía menos contaminante y mucho más ahorrativo. Pues, para qué correr un albur en un trayecto tan breve y de encogida duración. ¿Qué sentido tiene poner en juego vidas humanas y valiosos recursos por unas pocas cuadras y unos raquíticos minutos? Es inevitable tomar riesgos en distancias un poco más extensas como la que separa las ciudades de Nueva York y Los Angeles o la que cubre el famoso Transiberiano, pero en un caso como el del Tren del Este nos preguntamos si no sería más sensato apelar a la imaginación y, en el proceso, dar un ejemplo al mundo de cómo en Argentina hasta lo mejor es mejorable.
Nuestra propuesta, entonces, es la siguiente: Poner al servicio del público una formación tan extensa como el total del recorrido. O sea, emplazar sobre las vías, en ambos sentidos y con solución de continuidad sólo en los pasos a nivel, una cadena de vagones cuya extensión equivalga a los dos mil metros del tramo inaugurado por las autoridades y por cuyo interior las personas circulen desde y hacia la estación de su preferencia. Reconocemos que la idea de un tren quieto puede resultar un tanto extraña o, inclusive, que pueda no entenderse en su cabal significado. Por ello, contribuimos a una mayor comprensión de la propuesta poniendo a consideración de los lectores los beneficios que esta aparentemente disparatada ocurrencia depararía en el momento mismo de ser ejecutada.
Las ventajas son numerosas, por no decir muchas. Entre ellas se destacan:
1. Su estado de perpetuo reposo lo hará 100% seguro.
2. Es verdad, rodando no es ruidoso, pero inmóvil será más silencioso.
3. Es ecológico porque consume electricidad pero detenido consumirá mucho menos, en un momento en que el país necesita con desesperación que se ahorre toda la energía posible.
4. El erario público se ahorrará los salarios de choferes, guardas y mecánicos.
5. El imprevisible y riesgoso factor humano quedará desactivado para siempre.
6. La gente no deberá esperar a que el tranvía arribe a alguna estación, siempre estará en el lugar que el pasajero lo requiera en el preciso momento en que lo necesite.
7. Se evitarán accidentes en las vías, siempre tan desagradables.
8. Los pasajeros no deberán preocuparse por los incómodos y a veces letales frenazos o sacudones.
9. Caminar dentro de un tren es mucho más atractivo y pintoresco que hacerlo por las veredas, en particular cuando se trata de las veredas de Buenos Aires.
10. Será un alivio para el bolsillo del usuario, ya que al tener que trasladarse por sus propios medios no se le podrá exigir que pague el viaje.
11. La constante movilidad de los pasajeros alejará de la formación a punguistas y arrebatadores.
No hace falta decir que nos ponemos a disposición del señor J. Telerman, de la Secretaría de Transporte, del ingeniero M. Macri y hasta del mismísimo señor presidente de la nación toda vez que alguno de ellos, o todos juntos al mismo tiempo, requieran de nuestros humildes servicios.
Julio 15, 2007


