Montaigne en Nueva York

Revista Varúa

Otoño 2010. Año 4 – Nº 8

Piensa como un hombre de acción y actúa como un hombre que piensa.
Salustio

Nueva York – Enero. Nieve en Manhattan. La temperatura invita a mirar televisión o el inofensivo cielo raso, pero no a salir. Sin embargo, mi estómago, estimulado por el alerta gastronómico de un amigo local, decidió ignorar al reporte del clima y me condujo al puesto rodante estacionado sobre la calle 68, a pocos metros de la avenida Lexington. Es yemenita, fue la advertencia amistosa, saca lo mejor del falafel, el schwarma y el kebab, entre otras delicias del oriente.

Estaba por hacer mi pedido cuando llamó mi atención, a pocos metros, entre colores y olores, un desubicado -clima, lugar- pequeño y negligente puesto de ventas de libros usados, apoyado contra la pared exterior del Hunter College, en flagrante infracción, por cierto. La mesa, mueble módico en falsa escuadra, lucía servida para quien se atreviera a poner la mano sobre un ejemplar, pero no bien extendí el brazo apareció un joven de barba rala y gorro rojo quien, sin hablar, me preguntó qué buscaba. Lo que buscaba es lo que me encontró, le respondí sin abrir la boca y señalé un obeso volumen en perfecto estado, tapa dura, cubierta incluída. The Complete Essays of Montaigne, Stanford University Press, 1958, traducción de Donald Frame y casi 900 páginas.

En ese momento recordé aquella línea injustamente célebre Tenía delante una mochila de medicamentos y una caja de balas; las dos eran mucho peso para transportarlas juntas, tomé la caja de balas … Fábula que se transformó en fórmula fácil, fósil, y luego en verso; pose y pase de pertenencia a un club que nunca me aceptaría como socio aunque decidiera integrar su membresía. Mi dilema, más carnal, más auténtico, era: Kebab o Montaigne, pero reaccioné y evité la disyuntiva espuria. De modo que luego de adoptar al francés por apenas veinte dólares temblé de felicidad ante la titánica pita bread y consulté, cual modesto arúspice, a sus entrañas henchidas de carne, ajíes, pepinos, piñones y otros aditivos imposibles de identificar en el mishmash. Los dos impactos favorables, casi en simultáneo, me inquietaron; intuí próxima a la sombra ominosa de la ciega Fortuna, esa impostora que engaña a los hombres.

Mientras aguardaba que las unidades Scoville de los jalapeños hicieran su trabajo de calentamiento global caminé de prisa por Park Avenue y luego por la 67 hasta Madison. A la espera del autobús un arrebato de inspiración me indicó que el mejor lugar para examinar la adquisición no debía ser un vehículo de transporte público sino, más bien, un ambiente que estuviese a la altura de la nobleza de la pieza, y de su autor.

The Frick Collection

En el 1 de la 70, haciendo esquina con toda una cuadra de la Quinta Avenida, se levanta la mansión de Henry Clay Frick, frágil freak convertido en despiadado potentado, socio de Andrew Carnegie en el negocio del acero y propietario de una sofisticada colección de arte de antiguos maestros que legó a la ciudad a comienzos del siglo pasado.

La majestuosa y serena atmósfera del palacio contiene lo mejor que el dinero puede comprar; una reducida pero numerosa representación de las creaciones más egregias de la humanidad: piezas de bronce y mármol, retratos y paisajes, gabinetes y dressoirs, tapices, relojes, platería y porcelanas. Sentado frente al “Busto de una Dama”, de Francesco Laurana, maestro del siglo XV, abro mi mochila de viajero, saco el libro, leo:

Retirado en mi casa y decidido a nada que no sea disfrutar la poca vida que me queda, creo que el mejor servicio que puedo prestarle a mi espíritu es dejarlo en plena libertad, abandonarlo a sus propias fuerzas y  permitirle que se entretenga en el pleno ocio para que se detenga donde mejor le parezca. Sin embargo, encuentro que, por el contrario, cual caballo que escapa solitario, toma cien veces más carrera que cuando el jinete lo conduce; mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto que, para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos he comenzado a poner todo por escrito, esperando que con el paso del tiempo mi mente se avergüence de sí misma.

Montaigne, como Rabelais, es hijo del Cinquecento, período que, como toda transición, se caracterizó por la inseguridad y la experimentación en el arte de la letra. Sin embargo, a diferencia del confuso y desmesurado François, y a pesar de haber tenido que producir entre las palabras y las dagas de dos guerras civiles -la batalla de las ideas en el Renacimiento y las despiadadas luchas en nombre de la religión- encontró anclaje seguro en los clásicos griegos y romanos cuyas obras conocía mejor que muchos académicos del siglo XVI y, probablemente, de la actualidad también.

Era un lector hedónico pero activo, alejado de la lectura escapista o narcótica. Su educación superior, instancia necesaria pero no suficiente para producir un gran escritor, fue la llave maestra que liberó y guió sus pensamientos con invulnerable eficiencia.

Había nacido en 1533 en la región de Aquitania. Su identidad de bautismo era Michele Eyquem. Para el uso y la costumbre la alcurnia sustituyó al último integrante del binomio por Montaigne, nombre del castillo adquirido en 1477 por su abuelo Ramón, próspero mercader de arenques y fundador de la dinastía productora del consagrado vino Chateau Yquem. Su madre, Antoinette de Louppes (López), era descendiente de españoles judíos convertidos al catolicismo. Su padre, Pierre, católico romano, consideró que la educación del pequeño debía quedar bajo la custodia de los más altos valores que las letras clásicas podían ofrecer. Siguiendo esta premisa alejó al niño de los establecimientos educativos tradicionales, decisión que muchos años después Montaigne reconocería en una de sus entradas.

Mi difunto padre, que hizo cuantos esfuerzos estuvieron a su alcance para informarse entre gentes sabias cuál era la mejor educación para dirigir la mía con mayor provecho, fue advertido del dilatado tiempo que se empleaba en el estudio de las lenguas clásicas, lo cual se consideraba como causa de que no llegásemos a alcanzar ni la grandeza de alma ni los conocimientos de los antiguos griegos y romanos. Así fue como aún antes de salir de los brazos de la nodriza me encomendó a un alemán, famoso médico, el cual ignoraba nuestra lengua y era un erudito en el manejo del latín. En cuanto al resto de la casa, era precepto inquebrantable que nadie hablase en mi presencia otra cosa que palabras latinas. Fue portentoso el fruto que todos sacaron con semejante disciplina. En suma, nos latinizamos tanto que la lengua del Lacio se extendió hasta los pueblos cercanos, donde aun hoy se sirven de palabras latinas para nombrar algunos utensilios de trabajo. A los seis años, sin libros, sin gramática ni preceptos, sin disciplinas, sin palmetazos y sin lágrimas, aprendí el latín con tanta pureza como mi maestro lo sabía.

Su prosapia, no su prosa, le permitió incursionar, sin mayor entusiasmo, en la mera política, que discrimina y que condena. Fue involuntario gobernador de Bordeaux durante cuatro años y moderado mediador entre dos soberanos Enriques, católico el uno, protestante el otro.

Le Train Bleu

La mansión cierra sus puertas. Debo partir. Es la hora del ocaso y la emergencia del Chateau Yquem me recordó al ex-maitre Sebastián Villagra, paraguayo que con devoción misionera sostenía que el invierno era la mejor temporada de cata para paladear la cepa Sauvignon Blanc. Nunca supe el por qué de tan atrevida afirmación y no me interesa saberlo, en tanto y en cuanto tenga una buena botella a mano; llena, de ser posible. Allá fui, entonces, rumbo a Le Train Blue, no a Calais ni a la Riviera, sino al formidable vagón-bar-restaurant detenido en los altos de Bloomingdale’s, escoltado por el recuerdo de un par de copas crucero degustadas varias temporadas atrás.

Los ensayos de Montaigne prueban que no sólo era un lector extraordinario sino también el portador de una memoria anormal, de síndrome savant, diría, que le permitía citar decenas de autores y pasajes en párrafos poco extensos. Con Montaigne cobra sentido la máxima La memoria de todo hombre es su literatura privada.

Pierre Villey, erudito prodigio que leyó la obra de Montaigne hasta con los ojos cerrados -de hecho la transcribió completa al braille- hizo una lista de los autores más mencionados en los ensayos. No menos de cincuenta integran la nómina, casi todos latinos, el griego no había participado de la educación del joven. Cicerón, con más de trescientas apariciones, encabeza el lote. Horacio y Lucrecio, ambos epicúreos, participan con alrededor de ciento cincuenta menciones cada uno. Ovidio, Terencio, Marcial, Suetonio, Propercio, Juvenal, Flavio Josefo y Virgilio también compiten en el ranking.

El arte de la cita evocativa no es en Montaigne un expediente forzado para el lucimiento gratuito, el recurso de un pedante, un fin en sí mismo, como sucede, por ejemplo, con Robert Burton en su Anatomía de la Melancolía, relato que acude a peregrinos rincones de la literatura para presentar nombres exóticos que impacten al lector descuidado. Se trata, en todo caso, de la belleza que brota de una relación orgánica, no mecánica, con sus libros; de la mención pertinente de autores, títulos y tramos como módulos que otorgan competencia y autoridad al objeto de la narración. Montaigne vivía y sentía a los clásicos a medida que escribía, que jugaba, que se evadía de las aborrecidas obligaciones cotidianas. Buscaba la libertad auxiliado por los maestros de antaño quienes, solidarios, le extendían una mano amistosa. Con modestia, dice:

Trabajamos únicamente para llenar la memoria y dejamos vacíos conciencia y entendimiento. Así como las aves van en busca del grano y lo llevan entero en su pico, sin partirlo, para que sirva de alimento a su cría, así nuestros pedantes van pellizcando la ciencia en los libros, colocándola sólo en los labios para desembucharla y lanzarla luego al viento.

Cierro el libro y la copa. Le digo adiós al tren quieto.

Montaigne fijó el canon del ensayo moderno. Escribió sobre los mismos temas transitados por Séneca y Plutarco, sus favoritos. Pero mientras aquellos utilizaban la forma del tratado moral o de epístolas a sus amigos, él denominó a sus digresiones “ensayos”. En francés, “essai”, prueba, intento, ya que no hay un esquema previsible, una carta de ruta trazada de antemano, sino una permanente búsqueda del equilibrio entre las aproximaciones y los alejamientos, constantes derivas, fluctuaciones, dudas y certezas. Su lema: ¿Qué sé yo? es la confirmación de que prefería permanecer alejado de cualquier sistema rígido de pensamiento.

La crueldad, la pereza, el miedo, la enfermedad, la amistad, la vanidad, son temas utilizados no para la producción de una colección de apotegmas, tan populares en la época formativa del escritor. Con Montaigne el tratamiento elude la construcción braquilógica al incorporar el factor de la subjetividad en la forma de experiencias personales, de las más graves a las más prosaicas.

Borges pudo escribir: Clásico no es un autor que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un autor que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.

Si la obra de Montaigne continúa vigente, a pesar de los azares y de los caprichos del comercio y de la moda, es porque su fundamento es la tradición clásica, materia intangible de la que todos estamos hechos.

17 comentarios

Archivado bajo Excurso

17 Respuestas a Montaigne en Nueva York

  1. Graciela

    Lo desgusté … desde el inició hasta el fin, en el que no me sorprendió en contrame con Borges.

  2. Me hizo viajar por New York y también por la literatura clasica , esta tan bien escrito que es un placer leerlo ………

  3. Ro

    Estuve en New York, ingresé al restaurante Yemenita y pude acompañarte, con la mente, a comprar ese libro que te buscó y te encontró. Me hiciste tener ganas de leer a Montaigne y a sus guías, en la mansión de Henry Clay Frick. Cerré el libro y y pensé en la espiritualidad de ese hombre.
    Grandioso tu escrito, me causó muchas sensaciones a la vez!!!.

  4. Luis G.

    Es una excelente columna. Montaigne es uno de los autores que siempre vale la pena releer.

  5. Ricky Gautama

    Brillante intelectour. ¿Dónde se consigue la revista?

  6. Por cierto, muchas gracias a Ricky, Luis, Ro, Julie & Graciela.

  7. Splendide, un beau trip around NY. Pero tendré que conformarme con leer a Montaigne degustando un kebab de Chef Yousef.

  8. malabia y cabrera, pleno soho (de baires y no de NY). la mejor comida siria (ó libanesa, can´t remember). y como corresponde a un genuíno lugar oriental, a) es ruidoso, b) los mozos sonríen sólo si tienen ganas, c) no hay odaliscas, y d) el baño de damas deja mucho que desear. casi casi como comer en yaffo.

  9. Jane Libedinsky

    Que lindooooo!!! Vamos pa ny en un par de semanas, voy a estar recordando tus palabras cuando pasemos por el upper east …

  10. Tu artículo es excelente. Podés conjugar la contemporaneidad de un NY cotidiano con la solida erudición de Montaigne. La fuidez y simpatia de tu relato transforma al lector en una especie de complice del disfrute de ese momento que incluye sensaciones personales, saborear el vino, refugiarse en la Frick, gozar de la lectura. ¡Congratulations! Un abrazo.

  11. Dario González

    No conozco el puesto mencionado pero sí una pequeña tienda armenia de dilkatessen en la calle 58, a metros de la segunda avenida. Muy recomendable.

  12. Aldo

    Nunca estuve en NY y ahora creo que hay un motivo para ir: el museo mencionado. lo visite por internet y es descollante.

  13. Lucho Borgues

    lo que ud. dice de burton es una fanfarronada gratuita e imperdonable.

  14. Laura Feinsilber

    Hola!
    Qué combinación! Hedonística, literaria, viajera, por una ciudad que amo y conozco bastante, esto sin pedantería.
    Un lenguaje culto que se está perdiendo y un deseo de “revisitar” los lugares por los que me llevaste de paseo, copa en mano.En esta época mediática, no estaría mal refugiarse en el escritor francés
    Cariños, Laura

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s