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Asucar

Noviembre 9, 2009 · 3 comentarios

El café se enfría, dijo.

Estoy paralizado, no recuerdo si le puse azucar, dije.

¿Entonces?

El caso es que si le puse y le vuelvo a poner voy a escupirlo en cuanto lo pruebe; y si no le puse también voy a escupirlo. El olvido me emboscó, ¿qué debo hacer?

Hagamos así. No lo tomes a mal. No lo tomes. Apartálo y pedimos otro.

De ninguna manera. Primero, por mi mismo, sin ayuda, debo saber qué hice y, segundo, no quiero gastar más dinero. El café es muy caro para tirarlo. Prefiero darle la plata a la señora tirada en la esquina.

No te dejás alternativa. Si me gustase el café lo tomaría pero sólo bebo té.

No puedo dejar de mirar la taza. No puedo creer que me pase esto a mí. No soy una persona distraída. Este descuido es imperdonable.

Se enfría.

No hay vestigios de azucar alrededor del plato ni dentro del plato.

Tampoco sobre la mesa.

Tampoco. Habría si presentaran el azucar en sobrecitos. El sobre abierto a un costado, un triángulo delator, la superficie arenosa.  Pero este es un bar de la vieja escuela. Las azucareras con tapa a rosca y agujero en el medio ayudan a no errarle a la taza, son vertedores de precisión, un ciego le atina.

El agujero es como un mira telescópica.

La taza es Kennedy.

Kennedy. Hablamos con referencias de viejos.

La virtud del rifle azucarero es mi perdición, la ausencia de munición en las inmediaciones de la escena del crimen es un indicador no confiable. Pude haber disparado y dado pleno en el blanco. Por eso lo usan los gastronómicos que saben. La carabina no desperdicia. Se consume lo que se vierte y lo que no lo consume el que sigue. Next.

¿El olor?

Imposible. No soy capaz de oler lo dulce. Además le pongo muy poca azucar al café como para que afecte el aroma o para rescatarla del fondo dragando con la cuchara.

¿El borde la taza?

Ya chequeé. Limpio como un bebé.

Testigos. Quizás alguien haya visto cuando le pusiste azucar.

Preguntemos.

Mozo.

Diga.

Dígame, ¿usted me vio ponerle azucar al café?

A usted no lo vi pero sí vi cuando la señora que estaba antes que ustedes sentada en esta misma mesa le volcó casi media azucarera y la otra media la vació dentro de la cartera. Si hubiera visto el escándalo que se armó con el patrón. Para colmo la señora parecía salida de una foto grupal de comité de damas de sociedad de beneficencia pro-revolución libertadora y el tronpa es peronista rabioso.

Pero yo, ¿le puse o no le puse?

Tengo alguna experiencia en esto. Todos los días alguien me pregunta lo mismo. Mi respuesta es de protocolo: si le hubiera puesto se habría acordado. No le puso. Póngale la firma. Debo seguir trabajando, permiso.

Deberías hacerle caso. El hombre sabe. Ponéle nomás, sin miedo.

Ahora que vuelco creo que el mozo tiene razón. No recuerdo haber realizado esta operación en el día de hoy. Si recuerdo que la hice ayer.

El mozo estaba en lo cierto. Gracias a vos. Tu idea de interrogar posibles testigos dio resultado.

Está frío.

Categorías: Excurso

3 respuestas hasta el momento ↓

  • estrella // Noviembre 9, 2009 a 1:25 pm | Responder

    No tendría paciencia para semejante investigación, aunque sí la tengo para leer este delicioso texto.
    Saludos!

    • Autor Material // Noviembre 9, 2009 a 3:38 pm | Responder

      Gracias, Estela. Le pasaré el elogio al autor de la crónica. Es un tipo que para en el Varela Varelita. Estudia a los clientes y después reporta a productoras de cine y televisión en donde arman personajes para tiras y películas. Todo muy raro. Yo no sé si creer.

  • Pepe Palermo // Noviembre 12, 2009 a 4:58 am | Responder

    El riesgo de tomar café demasiado azucarado nunca debe ser corrido. Es preferible el de beberlo sin azúcar. Le hemos dado demasiado lugar al sabor dulce, ello torna débil nuestro espíritu.

    ¿El Varela-Varelita de Scalabrini y Paraguay?

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