“El mundo de las ideas es aparente, volátil, cambiante, arbitrario, traicionero. Prefiero el universo de las sensaciones.”
“Un antiguo hábito ambulatorio me ha dado la costumbre de meditar sobre mis relatos mientras voy por la calle, solo y abstraído, indiferente al tumulto urbano.”
El 14 de agosto de 1878, a poco de aparecer la primera edición de quinientos ejemplares de “La conquista de quince mil leguas” (la segunda se imprimió en noviembre de ese mismo año), Roca, Ministro de Guerra del presidente Nicolás Avellaneda, produce la última movida estratégica con un discurso en el Congreso de la Nación dibujado de punta a punta por el pulso intelectual de Zeballos.
Entre los pasajes del mensaje se pueden rescatar los siguientes:
El Poder Ejecutivo cree llegado el momento de presentar a la sanción del Honorable Congreso el proyecto adjunto, en ejecución de la ley del 23 de agosto de 1867, que resuelve de una manera definitiva el problema de la defensa de nuestras fronteras por el oeste y por el sur, adoptando resueltamente el sistema que desde el siglo pasado vienen aconsejando la experiencia y el estudio como el único que, a una gran economía, trae aparejada una completa seguridad: la ocupación militar del río Negro, como frontera sobre los indios de la pampa.
El viejo sistema de las ocupaciones sucesivas, legado por la conquista, obligándonos a disminuir las fuerzas nacionales en una extensión dilatadísima y abierta a todas las incursiones del savaje, ha demostrado ser impotente para garantizar la vida y la fortuna de los habitantes de los pueblos fronterizos constantemente amenazados. Es necesario abandonarlo de una vez e ir directamente a buscar al indio en su guarida, para someterlo o expulsarlo, oponiendo enseguida, no una zanja abierta en la tierra por la mano del hombre, sino la grande e insuperable barrera del río Negro, profundo y navegable en toda su extensión, desde el oceáno hasta los Andes.
A consecuencia de las revelaciones del libro de Falkner, España, temerosa de que fuese a despertar la codicia de otras naciones por la Patagonia, cuya posesión hubiera sido un peligro para sus colonias del Río de la Plata y del Pacífico, ordenó a don Francisco de Viedma y al piloto don Basilio Villarino, la exploración del río Negro y de las costas patagónicas.
Otros proyectos y escritos semejantes se dieron a luz por aquel mismo tiempo. Es uno de los más notables el de don Sebastián Undiano y Gastelú, capitán de las tropas que guarnecían la frontera de Mendoza, que había recorrido y estudiado los territorios del sur; y son conocidos de todos los escritos del afamado geógrafo don Félix de Azara, que en 1796 manifestaba la necesidad de ocupar el río Negro, aconsejando esta solución como el único medio de “asegurar la tranquilidad y posesión de la Pampa con la mayor brevedad, ventaja y extensión.”
El P.E. viene hoy simplemente a pediros los recursos necesarios para el cumplimiento de esta ley, votada en medio de la guerra que sostenía la nación contra el Gobierno del Paraguay y de las dificultades consiguientes a esa situación, porque el Congreso comprendía ya que ése era el único medio de cortar de raíz los graves males de la inseguridad de la frontera.
Hasta nuestro propio decoro como pueblo viril nos obliga a someter cuanto antes, por la razón o por la fuerza, a un puñado de salvajes que destruyen nuestra principal riqueza y nos impiden ocupar definitivamente, en nombre de la ley del progreso y de nuestra propia seguridad, los territorios más ricos y fértiles de la República.
En la superficie de quince mil leguas que se trata de conquistar, comprendidas entre los límites del río Negro, los Andes y la actual línea de fronteras, la población indígena que la ocupa puede estimarse en veinte mil almas, en cuyo número alcanzarán a contarse de mil ochocientos a dos mil hombres de lanza, que se dedican indistintamente a la guerra y al robo, que para ellos es sinónimo de trabajo.
El actual ministro de la Guerra ha recorrido personalmente estos lugares y puede aseguraros que son inmejorables para la ganadería y aún para la colonización. Abundan pastos de varias clases; el agua dulce y clara se encuentra en grandes lagunas, al pie de los médanos de arena, y, donde se la ve en la superficie, se oculta tan de cerca, que basta levantar algunas paladas de arena para que surja en abundancia del seno de la tierra.
Tenemos seis mil soldados armados con los últimos inventos modernos de la guerra, para oponerlos a dos mil indios que no tienen otra defensa que la dispersión, ni otras armas que la lanza primitiva y, sin embargo, les abandonamos toda la iniciativa de la guerra permaneciendo nosotros en la más absoluta defensiva, ideando fortificaciones, como si fueramos un pueblo pusilánime contra un puñado de bárbaros.
La importancia política de esta operación se halla al alcance de todo el mundo. No hay argentino que no comprenda, en estos momentos, agredidos por las pretensiones chilenas, que debemos tomar posesión real y efectiva de la Patagonia, empezando por llevar la población al río Negro que puede sustentar en sus márgenes numerosos pueblos, capaces de ser en poco tiempo la salvaguardia de nuestros intereses y el centro de un nuevo y poderoso Estado federal, en posesión de un camino interoceánico fácil y barato a través de la cordillera por Villa Rica, paso accesible en todo tiempo.
Hemos sido pródigos de nuestro dinero y de nuestra sangre en las luchas sostenidas para constituirnos, y no se explica cómo hemos permanecido en perpetua alarma y zozobra, viendo arrasar nuestras campañas, destruir nuestra riqueza, incendiar poblaciones y hasta sitiar ciudades en toda la parte sur de la República, sin apresurarnos a extirpar el mal de raíz y destruir esos nidos de bandoleros que incuba y mantiene el desierto.
Para finalizar, Roca aclara al Parlamento que el Poder Ejecutivo prevée destinar a los primitivos poseedores del suelo una parte de los territorios que quedarán dentro de la nueva línea de ocupación. Para los indios amigos el proyecto reservaba un área de 50 leguas sobre la frontera de Buenos Aires, otra de la misma extensión en Córdoba y una de 30 leguas en Mendoza, para que en esas zonas reservadas se concentren en poblaciones agrícolas las tribus ranqueles y pehuenches, desde el Atlántico a los Andes. O sea, una concesión de alrededor de 130 leguas cuadradas sobre un total de quince mil a conquistar.
El 5 de octubre de 1878 el Senado y la Cámara de Diputados de la Nación sancionaron la ley número 947, firmada por Mariano Acosta, Félix Frías, Carlos Sarabia y J. Alejo Ledesma, por la cual el Congreso autorizaba al Poder Ejecutivo a invertir la suma de hasta 1.600.000 pesos en la ejecución de la ley del 23 de agosto de 1867, que disponía el establecimiento de la línea de fronteras sobre la márgen izquierda de los ríos Negro y Neuquen, previo sometimiento y desalojo de los indios bárbaros de la pampa. Desde el río Quinto y el Diamante hasa los dos ríos antes mencionados.
Zeballos, “el más orgánico y despiadado de los intelectuales de la república positivista”, de acuerdo a David Viñas, no aceptó la invitación de Roca a formar parte de las columnas expedicionarias. El viaje sería estéril … porque apenas podría examinar el itinerario, mientras que será fecundo cuando asegurada la ocupación del río Negro y despejado el terreno, pueda yo hacer un viaje de circunvalación desde el río Negro hasta Mendoza y desde Mendoza hasta Buenos Aires, por el desierto.
En cambio, una vez ejecutada la conquista del sur, Zeballos cumple con su deseo y, desde el 17 de noviembre de 1880 hasta el 1º de enero de 1881, se lanza a recorrer las vastas regiones que el ejército nacional acababa de arrebatar al dominio del indígena. Acompañado, entre otros, por el fotógrado Arturo Mathile y por su hermano, Federico Zeballos, el viaje exploratorio lo nutrió con la materia prima necesaria para escribir una de sus obras más recordadas: “Viaje al país de los Araucanos”
En 1880 Zeballos inició su carrera pública al ser electo diputado nacional por Buenos Aires. Fue reelecto en 1884 y designado ministro de relaciones exteriores durante las presidencias de Miguel Juarez Celman (1886-1890), Carlos Pellegrini (1890-1892) y José Figueroa Alcorta (1906-1912) a quien también acompañó como ministro de justicia e instrucción pública. En 1912 regresó a la cámara de diputados y ocupó la cátedra de Derecho Internacional Privado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires de la cual fue decano en 1910 y 1918. Actuó como miembro del Instituto de Derecho Internacional y del Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya y desempeñó una prolongada carrera periodística en los diarios La Prensa y El Nacional así como en revistas y boletines académicos. Participó activamente en asociaciones como el Club del Progreso, el Círculo de Periodistas y la Sociedad Rural Argentina.
En total produjo alrededor de 500 publicaciones. Entre ellas “La conquista…” (1878), “Viaje al país de los Araucanos” (1881), “Callvucurá y la dinastía de los Piedra” (1884), “Painé y la dinastía de los Zorros” (1886) y “Relmu, reina de los Pinares” (1888).
Murió en Liverpool en 1923.
No es difícil entender por que a Zeballos no se le dispensó debida atención en un país que retrocede desde hace más de setenta años. Como señala Mandrini: “Zeballos carece aún del biógrafo que haga justicia a su compleja, rica y multifacética vida, tan inserta y comprometida con su época y con las particulares condiciones históricas que le tocó vivir. Los escritos de Zeballos son lo mejor que de él nos queda. Testimonios del accionar y del pensamiento de un individuo, representan también una generación y una época fundamental para la Argentina, aquella en que, con sus claros y oscuros, se construyó una nación, esa misma que hoy, pasado más de un siglo, parece buscar infructuosamente un proyecto para su futuro.”
En el último párrafo de la “Advertencia a la Segunda Edición” de “La conquista …” Zeballos susribe a Mandrini: Entonces al canal de Suez, al ferrocarril interoceánico, a la perforación de las grandes montañas para dar paso a la locomotora, y a la red del telégrafo que ciñe los contornos del planeta, la República Argentina habrá añadido, como obra fecunda del progreso sudamericano, la conquista de sus quince mil leguas de lozana tierra.
Continuará



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