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Estudio de memoria (III)

Agosto 5, 2009 · 8 comentarios

En la página ciento veintiocho del libro de Down noté una inversión (intsances en lugar de instances). En la noventa y uno de Rimland vi unlit por until, en una nota al pié de página. En la veinticinco de Moritz un error de tipografía (quinientas cincuenta y tres palabras poblaban el pliego) precipitó wores en lugar de worse. En la falsa carátula del libro de Horowitz me sorprendió un ex libris: cuatro leones hacían un círculo alrededor de un nombre, sin duda mal escrito: Martha Peqeoñ.

No me hizo falta tocar el timbre. Cuando subía Fiorentino abrió la puerta para avisarme que se aprestaba a cerrar el local. Como todos los días, almorzaba en su casa y luego hacía la siesta. Me preguntó si había encontrado lo que buscaba. Mentí. Le dije que no, quizás para no dar explicaciones ni demorarme en una discusión que preveía inútil. Le agradecí la cortesía y salí de la librería sin esperar comentario. Necesitaba caminar y pensar en lo que había leído.

A mediados de los años ochenta tuve una experiencia reveladora.

Recuerdo que era diciembre, mes de gastos inútiles y corridas innecesarias, cuando la gente confunde el fin del calendario con el fin del mundo y necesita sentirse ocupada. Un amigo me había recomendado un título que no podía encontrar. Al salir de una librería me crucé con una mujer en la esquina de Santa Fe y Scalabrini Ortiz. Cuando la vi recibí una descarga, como si un hielo seco se me hubiese pegado a la espalda. Su cara me persiguió durante más de un mes. Recorrí vertiginosamente, como lo hago desde entonces, todos los lugares y personas que conocí en mi vida, de la escuela primaria en adelante. De tanto repetirlos conozco el itinerario de memoria: el San Martín School (donde recibí un golpe brutal que mereció cinco puntos de sutura en la frente), el Congreso Nacional, amigos, ex amigos, amigos de ex amigos, amigos de familiares, las embajadas, los comercios más visitados, el gimnasio, el Círculo de la Prensa, la Universidad del Salvador, el Liceo Británico, el restaurán de mi padre, el Mariano Acosta, el Cine Club Núcleo, compañeros de trabajos, asistentes de funcionarios, el Instituto Goethe, la facultad de ingeniería, colaboradores de empresarios, periodistas, escritores, deportistas, camareros, choferes, vecinos, ex vecinos, parientes de parientes, porteros, celebridades de la televisión, Mar del Plata, Villa Gesell, Miramar, Río de Janeiro, Madrid, Berlín, Paris, Nueva York, Kfar Saba, Hertzlia, Tel Aviv. Como si pusiera en funcionamiento un Aleph inmaterial -no el verdadero que Bioy Casares me dijo que efectivamente existió en el sotano de una casona de la calle Garay (3)- todas las caras pasan por mi mente a velocidad vertiginosa, ocupando de modo simultáneo el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. El rostro incógnito de la mujer tomó posesión abusiva de las horas de mis días.

Luego de varias semanas de obsesivo desconcierto di con la respuesta. La joven había sido instructora de ski de mi hermana menor durante su viaje de egresados a Bariloche. La había visto en la clásica foto grupal, junto a toda la división de quinto año, unas cuarenta personas aproximadamente. Hoy, veinte años después, podría reconocerla de inmediato, aún con el rostro trabajado por el tiempo. “La muerte entra por los espejos”, dijo alguien. (No soy bueno para los nombres).

Noches pasadas fui a un cumpleaños que se celebraba en un bar de la calle Gorriti. Como siempre, lo primero que hice, aún antes de saludar, fue repasar las caras de los asistentes. El chequeo me demandó menos de diez segundos. Había alrededor de cincuenta personas pero ninguna de ellas me era conocida. En la barra me ofrecieron beber una nueva marca de vino, sauvignon blanc. No estaba mal. Era de color amarillo verdoso, con aroma a pomelo. Bebí la primer copa de un solo trago. Pedí otra y, mientras esperaba, sentí el cimbronazo.

Estaba sentada en una banqueta, de espaldas a la barra, en el otro extremo. Hablaba con una mujer que la escuchaba de pie. Sé que nada me detendrá hasta saber de dónde la conozco. Quizás de una foto dentro de otra foto, en una imagen que vi en el interior de la billetera de un extraño, en el subte de Londres. Quizás de un afiche publicitario o de un comercial televisivo, visto al pasar en un local de electrodomésticos. Puede ser que la haya visto a la distancia, esperando un taxi, en algún aeropuerto. Quizás nunca lo sepa, como me ha pasado tantas veces.

No me siento un condenado. Sin embargo, muchas veces quiero estar solo, liberado de la urgencia de no olvidar, leyendo un libro, mirando el mar, lejos del acoso de la impertinente memoria.
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(3) Bioy vio el Aleph y juró a Borges que jamás develaría la existencia del portento. “Borges narró el informe en tono de humorada porque sabía que nadie le creería”, me dijo. En 1996, durante una sobremesa en el restaurán del hotel Mayflower, en Nueva York, me hizo jurar que nunca divulgaría el secreto mientras él viviera. Su muerte me libera del compromiso. No temo la condena de la gente.

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8 respuestas hasta el momento ↓

  • gabrielaa. // Agosto 6, 2009 a 11:04 am | Responder

    aplausos

    claro que tengo dos peros (no podía ser de otra manera, es deformación profesional):
    1: las notas al pie me gustarían en su post respectivo
    2: el quiero estar solo del último párrafo me gustaría sin acento

    vuelvo a aplaudir

  • Wonder // Agosto 6, 2009 a 1:53 pm | Responder

    Yo lo veo como una condena.
    Pequeña, no gran cosa, pero una condena al fin.
    Porque genera en el personaje una ansiedad tal que no lo deja descansar hasta revelar la incógnita.
    Muy buen relato. Me atrapó.

  • gabrielaa. // Agosto 6, 2009 a 2:41 pm | Responder

    es que la nota (1) corresponde al texto publicado en Estudio de memoria (I), y la nota (2) al texto publicado en Estudio de memoria (II)… y hubo que esperar a este último post para tener las notas! eso, nomás. ;)

  • Eduardo Montero // Agosto 7, 2009 a 1:35 pm | Responder

    De acuerdo con Gabriela, las notas deberían esat al pie de cada entrega. El relato es muy interesante. No sabía, entre otras cosas, que la memoria fotográfica se llama eidética.

  • mariana // Agosto 8, 2009 a 1:43 am | Responder

    Muy simpatico el punto 3. Comprendo perfecto esa sensacion, imagino estar en ese lugar con esa mujer y las otras 50 personas a la vez, creo que yo directamente me tomaria la botella de un trago

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