One need not be a chamber to be haunted;
One need not be a house;
The brain has corridors surpassing
Material place.
Emily Dickinson
El programa me dotó de una capacidad prodigiosa para retener rostros singulares, pero escasa habilidad para relacionarlos con los lugares en donde se me presentaron. Me propone caras que conozco pero no sé de dónde. El programa suele jugar conmigo. Me presenta rostros que nunca vi personalmente pero que de algún modo alojó en mi cerebro con anterioridad y subrepticiamente, de manera que, cuando aparecen, desespero tratando de ubicarlos por su origen. Sólo basta que vea una cara que por algún motivo me llama la atención para que la registre para siempre. La dificultad, repito, se precipita cuando vuelvo a verla. Esta aptitud incompleta me exige a veces semanas dedicadas a dilucidar de dónde conozco a quienes en realidad no conozco. A menudo, con la percepción excitada como por la fiebre, las caras me acechan en aceleración sucesiva, igual a fotogramas de una película impulsada por un proyector descalibrado, a cien cuadros por segundo.
Hacia fines de los años setenta, abrumado por la intensidad de mis recuerdos, consulté al doctor Jorge Albores, neurólogo, hijo del famoso pediatra Amancio Albores quien en los cincuenta le había salvado la vida a uno de mis primos, condenado por el asma. Luego de someterme durante cinco días consecutivos a una agotadora serie de más de un centenar de pruebas, concluyó que el mío era un caso excepcional de memoria eidética, vulgarmente conocida como fotográfica. “Su caso es notable y raro al mismo tiempo”, me dijo sin sorprenderme. “Por un lado, adquiere, retiene y reconoce correctamente; por el otro recuerda con extraordinaria velocidad. Sin embargo, llegado el momento de ligar la imagen con las circunstancias en que fue capturada, la memoria ingresa en una zona de inhibición asociativa o agnosia que le impide realizar una conexión óptima. Es probable que este déficit se deba a la gran cantidad de información acumulada en el mismo espacio en el que normalmente se conserva una décima parte de lo que usted almacena.”, concluyó, no sin fatuidad.
Albores, guiado antes por la piedad que por las evidencias e incertidumbres de la moderna mitología médica, vaticinó que las huellas mnémicas se irían borrando paulatinamente a lo largo del tiempo en virtud de ciertos procesos orgánicos que no supo definir. Su diagnóstico no sólo no me satisfizo sino que, a la postre, resultó errado.
En la fría mañana del 30 de junio de 1979, día de mi cumpleaños, me escapé del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, lugar en donde la ley me forzaba a ser camarero de un capitán borracho. Con la complicidad de un centinela fumador, huí por una puerta lateral que conectaba al destacamento con el Hospital Militar. En la avenida Luis M. Campos subí a un omnibus de la línea 15 que me llevó hasta Caballito. Desde la esquina de Río de Janeiro y Rivadavia caminé, conducido antes por la angustia que por la razón, hasta la librería “Fiorentino”, en la calle Colpayo.
Menudo, nervioso, erudito ácido, Enzo Fiorentino amaba a los libros más que nada en el mundo. Se ofuscaba sin disimulo cuando un cliente pretendía negociar un precio. Con razón, consideraba absurdo comprar por la misma plata en su librería que en cualquier otra en la cual el vendedor creía que William of Ockham era un juego de mesa. Por eso, cada vez que alguien le pedía descuento respondía aumentando el precio tanto como se lo había pretendido bajar el cliente; y si este insistía, continuaba subiéndolo en progresión aritmética hasta que el descuidado renunciaba al regateo y pagaba el precio de tapa. Una sóla vez sufrí la experiencia en carne propia y aprendí la lección. (1)
La librería tenía un subsuelo que sólo algunos clientes selectos conocían. Allí debajo Fiorentino atesoraba su colección privada. Yo no era un gran comprador pero mi afición a la filosofía había ganado el afecto del librero. Le expliqué que necesitaba consultar algunos volúmenes de literatura médica, especie a la cual Enzo era particularmente adicto. Una biblioteca de dos metros de alto por uno de ancho oficiaba de puerta secreta. El picaporte estaba oculto detrás de un ejemplar en octavo mayor de “Die Kultur der Renaissance in Italien”, de Burckhardt. Bajé.
La pesada puerta se cerró a mis espaldas con un golpe seco. Recordé en ese momento que no era posible abrirla desde adentro. Para salir era necesario recurrir a la ayuda de un timbre que no siempre funcionaba. Cada vez que bajaba me asaltaba la sensación de que nunca retornaría a la superficie. Intenté controlar mis temores de buzo seco y recorrí el sótano con la mirada. Más largo que angosto, debería tener unos ciento veinte metros cuadrados, a lo sumo. Amuradas a las paredes cuatro estructuras de ménsulas y anaqueles desbordaban de libros. Sobre una vieja mesa de madera había dos pilas de ejemplares aún no clasificados.
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(1) Fiorentino vivió y murió rodeado de libros. Lo encontraron muerto una tarde, a mediados de los años ochenta. Estaba tirado detrás del mostrador. Había sufrido un paro cardíaco fulminante. Los paramédicos que intentaron rehabilitarlo encontraron entre sus brazos la primera edición del tratado de cardiología de Braunwald.
Continuará



5 respuestas hasta el momento ↓
W. // Julio 30, 2009 a 10:41 pm |
Memoria fotográfica?
A mi me pasa, pero no con los rostros sino con los lugares.
Esquinas, casas, ventanas, puertas, se acumulan en mi cabecita y quedan huérfanos de origen.
A veces, me pongo a jugar cuando voy viajando; me recuesto un poco y miro las partes de arriba de los edificios y me gusta reconocer el lugar por donde estoy sin mirar las veredas.
Y dígame, ¿con todos los rostros le pasa lo mismo o hay algunos que son imposibles de no atar eternamente con su dueño?
mariana // Julio 30, 2009 a 11:28 pm |
Muy lindo relato
Autor Material // Agosto 2, 2009 a 6:15 pm |
Muchas gracias. La memoria probablemente tiene una dimensión, no sé si infinita, pero seguramente, por ahora, insondable.
gabrielaa. // Julio 31, 2009 a 10:29 pm |
(non sequitur, perdón) escúcheme, The Red Badge of Courage! no tiene derecho, hace más de 30 años!
I expect a battle scene.
Autor Material // Agosto 1, 2009 a 1:15 pm |
30 años? de qué me habla?