III
En el restaurán Bale miraba con insistencia la muñeca izquierda que ponía a la altura de sus ojos. No tenía reloj. La bandeja con la comida ya estaba arriba de la mesa.
“Llega un minuto tarde. Típico argentino. No importa. Vamos. No tengo tiempo para perder. Sírvase. Hable.”
Antes de sentarme recibía un reto y dos ordenes.
“Bueno, usted me citó. Me dijo que tenía una idea para la entrevista.”, susurré mientras terminaba de acomodarme.
“Ah, sí, es verdad. Me parece que lo mejor será que la publique como apéndice de mi último libro en la próxima edición. ¿Qué opina?”
“¿Último? ¿No es el primero acaso?”
“También es el último. Déjese de minucias.”
Procuré ocultar mi algarabía interior con una expresión anodina.
“Bueno, qué quiere que le diga. Su oferta es muy generosa … ”, le dije, soltando la línea final con simulado desgano mientras desviaba los ojos hacia una refulgente morcilla bombón que parecía dibujada.
“Pero me hace la pausa. ¿Qué le pasa?”
“Bueno, usted sabe, hablamos de negocios. Hay en juego derechos de autor, regalías, cuestiones impositivas y legales. Se trata de un emprendimiento comercial de compleja trama jurídico-financiera.”, arriesgué en difícil, como para darle a las palabras un valor que no tenían.
“Entendí. Ahora, escuche bien porque no me gusta repetir. Le voy a hacer una oferta que no es negociable. La toma o la deja. ¿Fui claro?”
“Sí, por supuesto.” Le respondí seguro. Me sentía ganador.
Entonces, me miró firme a los ojos y me dijo, con tono y volumen de voz perfectamente calibrados para la ocasión:
“Mi oferta es la siguiente: CERO, NADA, NI UN CENTAVO.
El hombre nunca había publicado un libro pero la industria editorial esperaba desde hacía años que este escritor secreto se decidiera a salir del anonimato. Creo que su decisión de dejar de ser conocido por todos y por nadie al mismo tiempo lo ponía nervioso. Estaba a punto de cambiar de estado -de gaseoso a sólido, podría decirse- y la experiencia lo alteraba; lo ponía irascible. Con la propuesta, sin embargo, me pareció que se pasaba de la raya. No le respondí.
“¿Necesita que se lo repita?”
“Yo … es que … la entrevista me pertenece …”
“¿Y acaso propuse robársela?”
Bebí un sorbo de Rutini, estaba excelente. La botella debía costar una fortuna. Me propuse tomar lo más posible pero sin que él se diera cuenta.
“Responda. ¿Le dije que quiero robársela?”
“No, claro que no, pero … “
“Pero nada, Mario. Véalo de este modo. La entrevista es suya, nadie se la va a quitar. Usted simplemente me cederá los derechos por diez años para editarla al final del libro. Con eso tiene el éxito asegurado. No va a ganar dinero pero sí va a ver muchos billetes a consecuencia de su participación en la obra. Más temprano que tarde le van a llover ofertas de trabajo. Su nombre se hará conocido. El libro, usted lo sabe, está siendo traducido a siete idiomas y hay contratos pendientes por ocho más. No puede perder. Gana siempre y sin poner un centavo. ¿Quiere un negocio más redondo que este?”
“Sí, por supuesto, pero no sé si es lo justo. Usted … ”
“¿Qué es lo justo, Homer? Defíname lo justo, por favor. ¿De qué habla? ¿Quiere hacer filosofía o negocios? Si quiere filosofía me levanto, me voy y se queda hablando sólo o con esa mujer que acaba de entrar. Seguro que la conquista si le habla de filosofía.”
No miré a la mujer. Hubiese sido la rendición incondicional.
“¿Puedo pensarlo unos días, señor Bale?”
“No hay “unos días”, Homer. La nueva edición entra en imprenta pasado mañana. Es ahora o nunca. Mi abogado nos está esperando con el contrato listo para firmar. Si acepta, usted rubrica, me pasa la entrevista, yo se la alcanzo a mi editor, mi editor se la pasa al imprentero y en dos semanas sale del anonimato. Sus días en ese patético pasquín de novena en el que trabaja hace veinte años estarán contados.”
“No es un pasquín de novena, señor Bale. Es el diario de mayor tirada del país …”
“Tirada, sí, es eso, tirar papel a la basura. Ya le dije cómo son las cosas. Mayor venta, menor venta, los diarios no existen. Son casas abandonadas y los periodistas que las habitan son fantasmas, aunque todavía no se dieron cuenta. ¿Un colectivo se incrusta en ferretería de Balvanera? ¿En medio de comunicación masiva? ¿En la era de Internet? Hágame el favor. Los editores no pueden calibrar la dimensión de lo que tienen entre las manos. Bueno, ¿qué decide?”
“Es que, no sé … ”
“¿Sabe qué? Yo tengo que ir al baño. Cuando vuelva no me siento. Escucho lo que me tenga que decir y sigo viaje. Sólo o con usted. Si no me dice nada lo tomaré como una negativa.”
Me sentía sujetado por uno de esos nudos que más oprimen cuando la presa se mueve. Recordé a Jimmy Hoffa y su famosa sentencia: “Cuando los tenés agarrados de las pelotas generalmente hacen lo que les pedís que hagan”. Bueno, no era tan así tampoco. Yo podía levantarme e irme. También podía mandarlo a vender almanaques y nada me iba a pasar. La entrevista me pertenecía. No le debía nada. No estaba obligado a ceder.
Como ya sabía qué le iba a contestar no perdí el tiempo y aproveché para limpiar la bandeja. La carne era de ternera, sin una línea de grasa, los garbanzos estaban cocidos en su justo punto, los repollitos de bruselas brillaban empapados en aceite de oliva y el chorizo colorado era un espectáculo, de una partida de exportación, sin duda, de esos que no se consiguen en las carnicerías de barrio.
Cuando estaba sirviéndome lo último que quedaba en la botella lo vi venir. El pulso me tembló y la mitad del líquido se derramó en el mantel. Noté que se rió pero enseguida cambió el gesto. Actuaba, como todos, pero lo hacía bien.
“¿Entonces? ¿Lo pensó?”
“Vea, acepto, pero con una sola condición.”
“¿Qué condición?”
”Que la entrevista se edite junto a una introducción que voy a escribir”.
“Está bien. Haga lo que quiera. Termine de comer y vamos al abogado que se hace tarde. Ya pagué la adición.”
“Pero usted no comió nada.”
“Yo no vengo a comer a los restaurantes. Metalé.”
“No aceptaré que se toque ni una coma, se lo advierto.”
“Justamente de eso se trata, Homer. Le pido que la publique en mi libro para que no sea alterada. ¿No se lo dije acaso? ¿Le gusta repetir siempre lo mismo? Parece un viejo de mierda.”
“Escribí cosas feas sobre usted. Ya leyó la entrevista. Digo que es un monstruo y otras cosas desagradables. ¿No le preocupa que se hagan públicas?”
“Homer, termínela, ¿quiere? Lo dejo tranquilo con una última pregunta. Conteste, ¿qué es el periodismo?”
La pregunta era simple pero no inocente, me quedaba claro. Sin embargo, no sabía por dónde iba a llegar el mandoble. Respondí igual.
“Es una profesión que tiene como objetivo dar noticias.”
“Correcto. Pero antes de eso, ¿de qué se ocupa?”
“Supongo que de investigar.”
“Muy bien, pero antes qué hay, cual es la esencia de su naturaleza?”
“Decir la verdad.”
“Lo felicito. Todavía no dejó de ser periodista. Ahora vamos.”
Continuará



17 respuestas hasta el momento ↓
estrella // Julio 18, 2009 a 2:13 pm |
Qué tipo repelente. Hiciste bien en concentrarte en el Ruttini, la morcilla bombón y los repollitos brillosos de tanto aceite.
Espero, ansiosa, el Ápendice IV.
Autor Material // Julio 18, 2009 a 2:17 pm |
Cuando Mario me pasó la historia le dije lo mismo, exactamente lo mismo, que vos escribiste.
W. // Julio 18, 2009 a 4:21 pm |
Peor hubiese sido que te invite con un vino de cuarta y con carne de vaca vieja. O con un miserable café.
Por lo menos, algún beneficio sacaste.
Autor Material // Julio 18, 2009 a 7:51 pm |
No creo que él haya ido al restaurante por la comida. Tenía un buen pasar.
W. // Julio 18, 2009 a 9:15 pm |
No creo que haya ido por eso, claro. Es demasiado arrogante.
Pero repito, podría haber sido peor.
Señor Lot // Julio 18, 2009 a 9:46 pm |
el setting esta muy bien elegido. el restaurante de la sociedad rural es, efectivamente, uno de los mejores lugares para comer puchero. tengo mis dudas acerca de la verdadera existencia del retrato de zeballos. pero, claro, esta observacion no es relevante.
Walter Rojas // Julio 20, 2009 a 12:11 pm |
la sociedad rural es una de las instituciones fundantes de la patria y como tal merece respeto, expresado con palabras o callado con moderado silencio. estas líneas se relacionan con hechos de actualidad que son notorios y de público conocimiento.
gabrielaa. // Julio 20, 2009 a 2:54 pm |
achalay mi mama
laura // Julio 21, 2009 a 1:03 pm |
personaje sumamente desagradable, será necesario ser de esa manera?
AM // Julio 21, 2009 a 9:22 pm |
Necesario no sé, imperativo seguramente.
Laura // Julio 21, 2009 a 10:32 pm |
como sea Autor, me quedé pensando en la manera en que redacté esa frase.
mejor no agrego nada más
Pepe Palermo // Julio 22, 2009 a 12:19 am |
La comida hace a la felicidad.
La Plata va y viene.
Dardo Rocha.
Autor Material // Julio 22, 2009 a 11:02 am |
Yo conozco: “Lo que importa es la guita, la salud va y viene”. (Anónimo).
Pepe Palermo // Julio 25, 2009 a 3:22 pm |
La salud va y viene, lo podría haber dicho Favaloro, antes de escribir su última carta, recomiendo su lectura.
http://periodismomedico.blogspot.com/2008/04/la-ultima-carta-de-favaloro.html
Autor Material // Julio 25, 2009 a 5:29 pm |
No te pongas solene, Pepe. A ver si te contrata Canal 26.
Pepe Palermo // Julio 26, 2009 a 2:06 am |
Solo solene si canto el hino imediatamente después de comer imensas cantidades de cintitas argentinas. Digamos como iso fato.
mariana // Julio 26, 2009 a 6:01 am |
MUY BIEN ESCRITO MI amigo, ahora voy a por el siguiente