Escribo. En un bar, sentado junto a una ventana, intento recuperar algunas frases perdidas de un libro de Estanislao Zeballos, intelectual convertido en borroso fantasma por la ignorancia, la pereza y la argumentación facciosa.
Gritos y corridas me distraen. Una multitud eufórica se apelotona frente a la puerta de un local de venta de camisas. La vidriera ostenta un pedazo de papel madera. Escrita a mano se lee la leyenda: HOY BARATA. Hombres y mujeres ensayan un ballet eufórico, de movimientos bruscos y miradas sesgadas. Cada pérdida o conquista de un metro cuadrado se celebra o se lamenta con palabras soeces y gestos obscenos.
La excitación que provoca gastar dinero la produce la ilusión de recuperar el tiempo que se perdió en obtenerlo (no en ganarlo); o la ilusión de que el tiempo no fue perdido sino invertido. Gastar dinero es ser optimista, es celebrar el sistema que produce lo que compramos; es alimentarlo, nutrirlo, alentarlo; es creer en él, así cambiemos nuestras monedas por un clavo o por un auto.
Recuerdo a medias. “No seré esclavo de la discrecionalidad de los demás ni de la arbitrariedad del calendario”.
Vuelvo al libro. Es una edición gastada, de páginas amarillas y manchadas. Me pregunto cuánto tiempo necesitó para escribirlo. El escritor y el lector se vinculan con un mismo texto pero desde experiencias distintas con el tiempo. Escribir una buena novela, trescientas páginas digamos, puede demandar tres años. Leerla atentamente, a cuatro minutos por página, consume veinte horas de lectura. Comentarla, unas mil quinientas palabras, alrededor de seis horas de trabajo. Leer respetuosamente el comentario, no más de quince minutos.
Leo. “Al dar a mis especulaciones literarias un tinte científico, fundando en Buenos Aires sociedades cuya existencia era reclamada por su misma cultura, al publicar obras y revistas, al fomentar exploraciones y emprender viajes, me proponía señalar, con el ejemplo y el estímulo, un nuevo rumbo a la actividad intelectual de la juventud, concentrada sobre teatros cada día menos provechosos para ella y para el país”.
Una fracción hostil de los cazadores de ofertas se separa de la masa que pugna por recibir un número de turno. Sospecho que hacen planes para tomar el local por asalto. Los observo disimuladamente. Miran y señalan las azoteas vecinas. Uno de ellos, anciano, seguramente ingeniero, manipula una regla de cálculo. Soy previsor y detesto la violencia. Interrumpo mi relato en este punto.



6 respuestas hasta el momento ↓
Karlovy // Junio 29, 2009 a 9:56 pm |
Bien logrado el contraste entre el registro de la historia, la reflexión peregrina y la fatua acción callejera.
Dementia ex machina // Junio 30, 2009 a 2:14 pm |
innecesaria evocacion de un amanuense despiadado. todos sabemos quien fue. por lo demas, no creo en esa barata barata. la gente no se pelea como usted dice. el remate es cualquiera, tampoco se cree.
estrella // Julio 1, 2009 a 1:29 pm |
Una amiga dice que cuando se siente mal, sale a comprarse algo, aunque sea unos aritos miserables, y vuelve reconfortada. Le voy a pasar este post.
Autor Material // Julio 4, 2009 a 7:29 pm |
Sí, salir de compras es un narcótico inofensivo.
Fotografías // Julio 5, 2009 a 8:43 pm |
Qué libro de Zeballos? Me suenan esas palabras… “Viaje al país de los Araucanos”? Da la casualidad que en mi última película cuento algo de su historia, por eso…
Autor Material // Julio 5, 2009 a 9:11 pm |
Me parece que la obra referida es “La Conquista de quince mil leguas”. Zeballos volverá en próximo relato. Gracias por el comentario y felicitaciones por la Universidad Homónima. Un lujo.