Suele deambular por los andenes del subterráneo, subiendo y bajando de los vagones con asombrosa energía. Su presentación es siempre la misma: erguido, a paso firme, sostiene un papel o cartón del tamaño de una tarjeta de crédito a la altura de la boca, ocultándola. Luego, profiere sonidos penetrantes y musicalizados que nacen en la garganta. Las raras tonadas no remiten a ninguna canción conocida, los derechos de autor le pertenecen. Nunca pronuncia palabra. Las notas agudas y sobreagudas son la materia de su vocabulario.
Si el tren está completo no se amedrenta. Posesionado como un hombre en una misión, se ubica como puede y le dedica su número a quien tenga más cerca. El agasajado nunca sabe qué hacer. La gente lo elude con incomodidad, a la espera de que el fenómeno se baje o se canse. Le gusta ser breve. Una o dos estaciones después de haber abordado la formación, baja raudo y enfila para la salida, emitiendo esa suerte de grito contenido, con la tarjeta armónica cubriéndole la boca.
Calza los pantalones de franela a la altura del ombligo o más arriba. En verano luce una ajustada musculosa que alguna vez fue marrón, metida por debajo de la línea del cinto. En invierno se abriga con un suéter viejo. Las zapatillas son siempre las mismas: de lona, fatigadas y de un color que la guía Pantone no registra.
No es alto ni bajo. El peinado a la gomina y el rostro de rasgos redondeados le dan un aire gardeliano que dificulta calcular la edad. Si tengo que arriesgar, diría que anda por los treinta y tantos. La lluvia o el frío no alteran su cotidiano ejercicio. Lo suyo es, también, caminar; hasta podría sospecharse que su rutina aeróbica es una excusa para que algunos kilos de más no se multipliquen.
Jamás mira a nadie en particular, ni cuando marcha ni cuando se detiene. Dedica su mirada a cosas que sólo él ve. Su cara -lo que la tarjeta deja ver- es inmutable. Cumple su rito itinerante con toda seriedad, como un profesional, cual evirato divo.
El subte no le basta. También le regala su show a todos los barrios de Buenos Aires. La última vez, un domingo, me cruzó como una ráfaga en la esquina de Corrientes y Estado de Israel. Dos días antes su música me había sorprendido en Tribunales. Conozco gente que lo vio en Saavedra, Barracas, Flores, Parque Chas, San Telmo y Versailles.
Cuando no está en movimiento, en una esquina esperando el corte del semáforo, por ejemplo, apoya uno de los pies sobre la punta forzando el quiebre de la pierna, en pose que recuerda a Ed Grimley. Cierra la mano libre hasta que el extremo del dedo índice toca la yema del pulgar, eleva el puño por arriba de la cabeza y agita un bastón imaginario con movimientos regulares que acompañan sus melodías.
Alguna vez pensé en detenerlo y hacerle alguna pregunta; la hora, su nombre, de dónde sale. Finalmente decidí que era mejor conocerlo sólo por aquello que él prefiere mostrar. No quisiera descubrir que es un impostor, un actor desocupado que busca trabajo o un trastornado dispuesto a pegarle a quien se atreva a interrumpirlo. Tampoco toleraría su desplante. Pensé en seguirlo hasta descubrir dónde vive. También pasé por alto esta opción. No sé, pero lo imagino triste a la noche, en un cuarto húmedo y oscuro, esperando volver a estar entre la gente para justificar las horas de sus días.



11 respuestas hasta el momento ↓
gabrielaa. // Junio 26, 2009 a 9:23 pm |
las cosas que me pierdo por andar siempre en taxi…
estrella // Junio 26, 2009 a 9:38 pm |
Qué buen relato, am. Me gustan estas historias de personajes urbanos. La ciudad: el lugar en donde uno más acompañado está y más solo se siente.
Yo que vos lo sigo…
Qué tristeza, pobrecito.
W. // Junio 27, 2009 a 5:54 pm |
O duerme en las plazas, en un loquero o en una pensión de mala muerte.
No, no lo sigas.
Perdería el encanto.
Pobre, como dice Estre.
W. // Junio 27, 2009 a 5:55 pm |
Ah! Me gustó el título.
Aunque de armónico sólo tenga el instrumento.
Pepe Palermo // Junio 28, 2009 a 2:46 am |
Me está dando miedo usted don AM. Tanta información acerca de un Tarjetero musical lo delata a usted más que a él. Vaya a saberse qué busca él con su música, pero usted señor mío a qué se dedica tantas horas en subtes, calles y plazas.
Dementia ex machina // Junio 28, 2009 a 8:56 am |
Para mi está claro. El hombre armónico es el mismo que escribe. Pero ni siquiera él lo sabe. Involuntariamente, impulsado por un mecanismo de rechazo, ha creado un personaje externo para no ver el horror, para no reconocer que es un freak urbano condenado a ser una atracción de feria en el programa de Mauro Viale en Canal 26 o en el canal de noticias católico como objeto de demostración de que dios puede hacer cualquier pelotudez.
Dementia ex machina // Junio 28, 2009 a 10:51 am |
Perdón, me olvidaba. Lo más probable es que el personaje no exista. Que sea una patraña narrada en registro cuasi-periodístico, cuasi-literario para que el relato luzca verosímil. Yo a este fabulador anónimo no le creo nada.
gabrielaa. // Junio 28, 2009 a 10:59 am |
“Uno toma por frutos de la memoria a quienes en realidad son hijos de la imaginación”.
mariana // Julio 15, 2009 a 12:02 am |
Muy bueno hombre! Por lo poco que puedo ver de tu blog hoy veo que escribis muy bien. Que es un gran comienzo para empezar a leer el blog de alguien. Me pregunto porque esa necesidad tan desesperante que tenemos los hombres de justificar, hagamos porque si, basta. Incluso la ciencia dura es arbitraria en algunos aspectos.
mariana // Julio 20, 2009 a 2:44 am |
Que lindo cuento yo intentaba escribir cosas asi pero me salian espantosamente mal. Ultimamente estaba pensando de todas formas si es que existe realmente la armonia, porque tengo mis serias dudas al respecto, El cuento tiene mucho de literatura argentina, me recuerda sobre todo a arlt.
Walter Rojas // Agosto 5, 2009 a 2:33 pm |
Sé quién es. Un loquito sano del Borda. Le dan día libre de 8 a 18. Seguramente que nunca lo vio de noche.