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Junio 21, 2009 · 7 comentarios

Un sábado, en el parque Rivadavia, releía el tercer volúmen de la biografía de Nietszche, por Janz. Dos niños de no más de diez años se detuvieron frente al banco y, como si yo no estuviera:

“Dale, juguemos a la pelota”.

“No, no puedo. Yo sólo juego de lunes a viernes, de ocho a diez y media, por la mañana”.

Me levanté. Caminé hasta la zona robada por vendedores de libros robados. Buscaba un número de la revista “TV Guía” de 1966. Había hecho una apuesta con un amigo y quería apurar su resolución. Revisando pilas de ejemplares escuché a mis espaldas la voz de una señora:

“Mallea era un escritor profesional”. Lo dijo orgullosa, como quien habla de las virtudes de un hijo, poniendo énfasis en la palabra profesional. “Se tomaba muy en serio su trabajo. Laboraba -así se expresó- todos los días entre cinco y seis horas, mientras tomaba el desayuno.”

Una súbita luz brillante me permitió imaginarla. Preferí no darme vuelta, preferí no mirarla.

Creí conveniente continuar la lectura en el café frente a la plaza. El mozo se acercó y, sin saludarme, me comunicó, muy contento, que estaba afiliado al sindicato desde 1974. Después, ensayó una evocación del laudo, no exenta de melancolía. “Era el veintidos por ciento, teníamos a la patronal bien a raya.” Agregó que la última vez que había faltado al trabajo había sido diez años atrás. Le pregunté el motivo. “La muerte de mi madre. Fue muy triste”, susurró mirando el piso. “Ese día no hice un peso de propina”.

Categorías: Excurso

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