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Confesión

Junio 6, 2009 · 12 comentarios

El viernes 19 de abril de 1985, a pedido del editor del semanario entrevisté a la celebridad literaria más temida, en su casa del barrio San Telmo. Era domingo y estábamos sólos. Conversamos -una manera de decir- durante dos horas. El editor, generoso, le concedió a la fallida entrevista un espacio de seis páginas. Veinte años después algunos tramos fueron publicados en un digesto del Centro de Estudios Internacionales de la Fundación Ortega y Gasset de Toledo, España.

La propuesta del editor no había sido espontánea sino más bien inducida por mis recurrentes comentarios sobre la salud del poeta y cálculos alarmantes acerca de su expectativa de vida que yo le hacía llegar por medio de disimulados emisarios.

Un oportuno soborno a su más leal colaborador me había permitido conocer los compartimientos ocultos en los cuales el autor escondía las claves de su obra. A poco de iniciarse la conversación mi cómplice se despidió presentando una vaga excusa.

No me costó hacerlo hablar profusamente, sólo debía mantener la boca cerrada cada vez que él esperaba que yo comentara sus largos monólogos. Su desesperación por apoderarse de los silencios lo mantenía en el lugar en el que yo lo quería tener. Una botella de agua mineral italiana, que había llevado para cortejar su snobismo, fue el vehículo. A su edad no soportaría más de media hora sin tener que excusarse. Cuando lo hizo, procedí a revisar su escritorio, la cómoda, debajo de la cama, el interior de un falso volumen de la Ilíada de Chapman, el doble fondo de una jofaina de loza y otros lugares que no vienen al caso. Finalmente, encontré lo que buscaba.

La primer etiqueta prevenía: “Sólo para mis ojos (o lo que queda de ellos) y los de mi madre (o lo que queda de ella)”.

La segunda: “No hay escritura sin ostentación”

La otra: “Afinidades secretas”

La cuarta: “El mejor creador es el que mejor copia”

La quinta: “Cada día me gusta menos lo que yo no escribo”

Dentro de la carpeta había decenas de carpetas. Urgido por el ruido del torrente de agua -acababa de tirar la cadena- sólo tuve tiempo de mirar los rótulos superiores.

Mientras pedía mi ayuda para no rebotar contra un tabique divisorio y, conjeturo, seguramente alarmado por el sospechoso silencio que había invadido el pequeño departamento, apunté con asombrosa velocidad:

“Die angeblichen Tod” ………………… Daniel Hopfengärtner

“La pasión del goeta” ……………………. W.H. Álvarez

“Rerum rusticarum” ………………………… M.T. Varro

“The sun and the dagger” …………… G. Willoughby-Meade

“L’intrigue des visages ” …………… G. Tallemant des Réaux

“Secret affinities” ………………… Edward Cave

“Hedyphagetica” ………………………. Quintus Ennius

Una tarjeta verde escrita a mano trabajaba como señalador.

La letra, borrosa, casi ilegible: “M. ha vivido equivocado. Su vida era una continua actividad mental. Era muy obervador; eso sí, todas sus observaciones eran falsas. Ha declarado que de los laberintos sólo se sale por arriba. Esa sentencia demuestra que carece de imaginación. Un laberinto es una construcción que pertence al mundo de lo físico; pretender eludirlo recurriendo a la imposible mecánica del vuelo es apelar a la magia. La solución propuesta no se condice con la naturaleza del obstáculo. Más lógico sería decir que de los laberintos se sale destruyéndolos. Sin embargo, yo prefiero vivir en ellos, con el tiempo se transforman en moradas acogedoras y la desesperación por evadirse desaparece. He comprendido que me protegen de las desgracias y miserias de la vida exterior.”

Me pregunté: “Por qué yo no puedo hacer con él lo que él hizo con ellos.”

La tarea no fue difícil. Con la ayuda de un diccionario, una vieja enciclopedia y la involuntaria complicidad de algunos amigos, alteré el relato en numerosos pasajes, tantos que cuando finalicé sólo habían quedado una docena de epítetos característicos del escritor que preferí conservar a modo de íntimo homenaje.

Categorías: Excurso

12 respuestas hasta el momento ↓

  • Pepe Palermo // Junio 12, 2009 a 12:37 pm | Responder

    Es divertida internet.
    Había almorzado algo, como todos los días, acompañé a lo semisólido con algo líquido, siempre necesito además beber, esta vez porque quedó de ayer noche, hora de cenas, lo líquido además de agua, fue vino, un vaso apenas, pero el suficiente, dada mi falta de costumbre para darme una modorriña que no podría aprovechar, pero sumando una placidez, que si aprovecho y con la que te escribo, interesantes estas “confesiones”, llevaron a las inoportunas mías que ya están hechas. ¿Se puede decir algo más? ¿Deben (las confesiones) quedar en lo que son? Por un lado estaría bien, lo que no está completo exalta la imaginación, por otro lado ¿qué llevará a que aquello, que trascurrió en el viernes 19 de abril de 1985, sea traído al Junio 6, 2009?

  • Autor Material // Junio 12, 2009 a 3:16 pm | Responder

    Es una pregunta que desafía, Pepe. Debería responder no sé. O, quizás, invertir la sentencia que escuché aquel frío domingo de otoño: “Uno toma por frutos de la memoria a quienes en realidad son hijos de la imaginación”.

  • W. // Junio 14, 2009 a 4:31 pm | Responder

    Tengo cajas iguales, con etiquetas que le dan sentido, donde guardo mis escritos.
    Luego los releo, luego los rompo, luego los edito, luego los olvido.
    Cuatro cajas tamaño A4.
    Realmente, me muero de envidia.
    Quisiera que mis etiquetas sean tan interesantes como las de su entrevistado.
    A veces, el trabajo nos da terribles satisfacciones.
    Veo que este es su caso. Lo felicito.

  • Carlos // Junio 15, 2009 a 10:41 am | Responder

    Es una gran verdad eso de “el mejor creador es el que mejor copia”

  • Dementia ex machina // Junio 15, 2009 a 11:21 am | Responder

    viejo tramposo.

  • Lisandroq // Junio 15, 2009 a 6:17 pm | Responder

    Siempre dijo de sí mismo que era un fake. Esta nota lo revela como super trucho.

  • gabrielaa. // Junio 16, 2009 a 10:48 am | Responder

    ah pero qué bien escribía…

  • estrella // Junio 18, 2009 a 10:23 am | Responder

    Contaba Isidoro Bleistein que una vez, en una entrevista, el periodista vio sus cajas con las etiquetes que decían de qué iba cada una.

    En una caja enorme, él habia escrito DESCARTES, no por el filósofo, sino porque se trataban de papeles que él iba descartando… El periodista pensó que era un fana de Descartes…

  • Dementia ex machina // Junio 18, 2009 a 12:36 pm | Responder

    Buena anécdota. Sorprende la inesperada confusión. Que un periodista entienda que Descartes es René y no material sin utilidad es una noticia que merece difusión.

  • MQDLV // Junio 20, 2009 a 12:26 am | Responder

    yo me quedo con eso de que no hay escritura sin ostentación. saludos

  • gabrielaa. // Junio 26, 2009 a 9:34 pm | Responder

    los Nueve ensayos dantescos cayeron en mis manos hace poco (tengo con él una historia complicada). dosifico y alterno con Virgilio y Broch y ya sé que estoy completamente pirada.

    pero mirá esto, que me mató salingerianamente:

    [...] son magistrales en el ejercicio de su arte y, sin embargo, están en el Infierno porque los olvida Beatriz.

    leí eso y se me cayeron las medias y oí un “chán chán” de tango. mamita querida.

  • Autor Material // Junio 27, 2009 a 9:00 am | Responder

    La Comedia, me parece olvidar, está anticipada en el sexto libro de la Eneida, seguramente por eso Dante adopta a Virgilio, “il nostro maggior poeta”, como guía. En cuanto a que una mujer te mande al infierno, debió esforzarse un poco más ese autor. No es para nada original, creo.

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