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Magia

Mayo 28, 2009 · Dejar un comentario

Apología
Lucius Apuleius

Traducción y notas: Santiago Segura Munguía

El dentífrico

Primero, en efecto, han leído, de entre mis composiciones festivas, una epístola en verso acerca de un dentífrico, dirigida a un tal Calpurniano, el cual, al exhibir contra mí tal epístola, no ve sin duda, en su ansia de causarme daño, que si en ella hay algo acusatorio contra mí, él comparte conmigo la responsabilidad de la culpa. En realidad, tales versos atestiguan que fue precisamente él quien me pidió algún producto para limpiarse los dientes:

“Oh Calpurniano, te saludo con estos versos presurosos. Te envío, como me has pedido, la limpieza de tus dientes, el brillo de tu boca. Es un polvillo sacado de las plantas de Arabia, tenue, que posee virtudes blanqueadoras, de noble origen, capaz de alisar una delicada encía tumefacta y de barrer los residuos de comida del día anterior, para que no se vea la negra impureza de la suciedad, si por azar entreabres tus labios en una sonrisa forzada”.

Y yo pregunto, ¿qué tienen de vergonzoso estos versos, en su contenido o en su forma? ¿Qué tienen en absoluto que un filósofo no quiera que parezca propio de él? A no ser que se me deba censurar, por haber enviado a Calpurniano ese polvillo sacado de las plantas de Arabia, ya que era mucho más justo que, como dice Catulo, “se frotase los dientes y las enrojecidas encías” con su propia orina, según la repulsiva costumbre de los iberos.

He visto hace un momento que algunos apenas podían contener la risa, seguramente porque nuestro flamante orador censuraba con acritud la limpieza de la boca y pronunciaba la palabra “dentífrico” con tanta indignación como la que se siente al pronunciar la de “veneno”. ¿Y por qué no? Es un crimen no despreciable para un filósofo el permitir en su persona impureza alguna, el sufrir en cualquier parte de su cuerpo una cosa inmunda o fétida. Y debe cuidar en especial su boca, que, situada en lugar bien visible, está expuesta, por tanto, a todas las miradas; además, el hombre se sirve de ella con muchísima frecuencia, ya para dar un beso a alguien, ya para conversar con otro, ya para disertar ante un auditorio, ya cuando dirige sus súplicas en un templo. Como que no hay acto humano al que no preceda la palabra, la cual, como dice el más excelso de los poetas, sale del recinto amurallado de los dientes (1)

Imagináte ahora a un orador dotado de tan elevada elocuencia: diría, con el estilo que le es propio, que todo hombre que sienta la precupación de hablar bien ha de cuidar su boca con mucho mayor esmero que el resto de su cuerpo, porque es la antesala del alma, la puerta del discurso y el lugar de la reunión de las ideas. Yo, al menos, en la medida de mi capacidad, diría que nada hay más indigno de un hombre libre, que pretenda comportarse como tal, que el desaseo de la boca. Esta parte del cuerpo humano está situada, en efecto, en un lugar predominante, es lo primero que salta a la vista y su función primordial es la de hablar; en cambio, las bestias salvajes y los animales domésticos tienen su hocico bajo y caído hacia sus pies, próximo al suelo que pisan y al pasto, y casi nunca se les ve, a no ser que estén muertos o lo levanten enfurecidos para morder. En el hombre, por el contrario, es lo primero en que uno se fija, si está callado, y lo que se mira con más frecuencia, cuando está hablando.

Yo quisiera, por tanto, que mi censor Emiliano me responda si él suele lavarse los pies; o bien, si no lo niega, que sostenga que se deben prodigar más cuidados a la limpieza de los pies que a la de los dientes. Desde luego, estoy plenamente de acuerdo en que, si alguno, tal como tú lo haces, Emiliano, casi nunca abre su boca, si no es para dar paso a insultos y calumnias, no debe prestarle cuidados de ninguna clase, ni debe limpiar sus dientes con ese polvo exótico antes mencionado; es más justo que los refriegue con carbón tomado de una pira funeraria y que no se los lave ni siquiera con agua común. Más aún, su lengua dañina, instrumento de sus mentiras y resentimientos, debe permanecer siempre sumida en la cloaca inmunda y maloliente de su boca. Porque, cosa absurda, ¿de qué sirve tener una lengua limpia y bien cuidada, y emplear, en cambio, un lenguaje soez y repulsivo y, como la víbora, inyectar negro veneno con diente delicado y de color de nieve? Por el contrario, la boca de un hombre que sabe que va a pronunciar un discurso útil y agradable se lava, con razón, previamente, como la copa destinada a un vino generoso. Y ¿para qué voy a hablar más tiempo acerca de la naturaleza humana?  Según tengo entendido, esa bestia monstruosa, el famoso cocodrilo que nace en el Nilo, muestra también sus dientes, abriendo inofensivamente la boca, para que se los limpien. Pues, como tiene una boca muy grande, pero desprovista de lengua, y la mantiene generalmente abierta en el agua, se le incrustan entre sus dientes muchas sanguijuelas; cuando, tras haber salido a la orilla del río, abre su boca descomunal, una de las aves fluviales, un pájaro amigo (2), introduce en ella su pico y, sin correr el menor riesgo, se las extrae a picotazos.

(1) Homero. Odisea, I, 64.

(2) Según Heródoto se trata del trochilos; Aristófanes alude también a este pájaro al principio de su comedia Las Aves. Se trata de un ave del Nilo, posiblemente la denominada cursorius o caradrius aegyptiacus, considerada como guardián del cocodrilo.

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