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Déspota

Abril 4, 2009 · Dejar un comentario

El héroe del domingo *

Vladimir Putin

Hace casi una década, en 1999, comenzó el fulgurante ascenso político de nuestro héroe dominguero. Fue cuando en agosto de ese año Boris Yeltsin lo nombró primer ministro y lo convirtió en su sucesor. Sin perder tiempo, a comienzos de septiembre, como reacción a los ataques terroristas chechenos, Vladimir Putin ordenó el reinicio de las hostilidades. Fue el comienzo de la segunda guerra chechena el hecho que lo convirtió en el político más popular de Rusia.

El 31 de diciembre de 1999, tras la renuncia del presidente Yeltsin, se convirtió en presidente interino. El 26 de marzo de 2000, en las elecciones presidenciales adelantadas, fue elegido presidente de la Federación Rusa en la primera vuelta con el 53% de los votos y empezó a gobernar el 7 de mayo. El 14 de marzo de 2004 fue reelegido para un segundo mandato al conseguir ni más ni menos que el 71% de las preferencias de la gente. Su administración ha desarrollado una política de acercamiento a Europa, en particular hacia Francia y Alemania. En la actualidad es primer ministro, presidente de su partido, Rusia Unida, y mandamás en la tierra de los zares y zarinas.

Putin es un dirigente ruso atípico. Es joven, es abstemio y es deportista: cinturón negro de judo, disciplina que practica desde los once años, juega al tenis y esquía. Además, habla fluidamente el alemán y el inglés. Está casado con una ex profesora de español y es padre de dos hijas. Tiene una relación personal muy cercana con el ex canciller alemán Gerhard Schröder, con quien comparte un origen humilde y grandes intereses en la gigantesca y monopólica compañía de energía Gazprom.

Como decíamos, proviene de una familia muy humilde de San Petersburgo, antes Leningrado, antes San Petersburgo, urbe de cambiantes nombres fundada por el Zar Pedro el Grande en 1703 y segunda ciudad de Rusia, lugar en el que nuestro héroe nació en 1952. Su padre peleó en la segunda guerra mundial y luego trabajó en una fábrica de vagones ferroviarios. Su madre, una devota cristiana-ortodoxa, apenas recibió educación formal y debió ganarse la vida a los saltos, haciendo trabajos menores. La familia vivía en un pequeño y gris departamento de un sombrío edificio en cuyo hall de entrada solían solazarse decenas de ratas sobre las cuales el pequeño Putin tenía que pasar todos los días para ir a la escuela. El único ancestro de nota en la familia fue el abuelo paterno de Vladimir quien sirvió como cocinero de Lenin y Stalin, hecho que no favoreció a la familia ni en status ni en conexiones con el poder.

En su libro titulado “Primera Persona”, publicado en 2000 con la colaboración de otros autores, Putin recuerda sus días de estudiante y se define a sí mismo como un chico de la calle, un patotero que debío endurecerse para sobrevivir a la hostilidad del entorno. Así fue como decidió tomar clases de Sambo, un arte marcial practicado en la era soviética, mezcla de judo y lucha.

Fue la mitológica y siniestra KGB el dios que desde la máquina lo sacó de la oscuridad, la dureza de las calles y un futuro condenado. Durante el último año de su carrera universitaria, Putin es abogado, fue abordado por un extraño que le dijo: “Debemos que hablar pero ahora no puedo decirte sobre qué. Tenés trabajo para hacer”. Putin, que soñaba con convertirse en un espía, fue entrenado como agente de contrainteligencia y para mediados de los ‘80 fue destinado a Alemania Oriental. Allí trabajó de modo encubierto, no sabemos si usaba zapatófono, haciendo seguimiento de políticos alemanes y de la OTAN. De patotero patético a pandillero con patente, comenzó su correrías en Dresden y después en Berlín, el centro de la acción, hasta que al Muro se le ocurrió caerse y arrastrar consigo a Vladimir. Sus últimos recuerdos de la capital alemana son el calor despedido por los fuegos que tuvo que encender para quemar todos los archivos comprometedores antes de que la turbamulta desatada ingresara en las oficinas de la KGB y robara y rompiera todo a su paso. “Era tanto papel que la caldera terminó estallando”, recuerda en sus tempranas memorias. Dos años después abandonó la KGB para dedicarse a la política partidaria, con los resultados consabidos.

En sus ocho años como presidente condujo a Rusia a través de notables procesos de transformación Restauró la estabilidad perdida y también el orgullo ruso; orgullo, palabra extraviada en el curso de muchos años de desesperanza y apatía. Con Putin al volante y el viento de la economía del mundo empujando desde atrás, Rusia creció a un promedio de 7% anual entre 2002 y 2006. El país levantó una deuda externa de casi 200 mil millones de dólares, se convirtió en una productora de obscenos millonarios y, entre 2003 y 2006, los trabajadores duplicaron sus salarios. Prosperidad en parte posible gracias a la explosión de los precios del petróleo, commodity que Rusia genera en abundancia.

Pero todo lado luminoso tiene su lado oscuro. Para lograr la estabilidad y la prosperidad deseada por la gente Putin puso en práctica una suerte de “Pax Augusta”, o sea, seguridad, orden y progreso a cambio de severas limitaciones a las libertades individuales. Durante su administración fueron cerrados canales de televisión y diversas publicaciones gráficas; también fueron encarcelados empresarios cuyo poder y fortunas desafiaban la supremacía de Vladimir y sus muchachos; se debilitaron notoriamente los partidos políticos de la oposición y fueron arrestados todos los que no entendían que no había que oponerse al Zar sin uniforme. La Unión de Periodistas de Rusia informó el año pasado que son 250 los periodistas muertos desde la caída de la antigua Unión Soviética en 1991. Entre los más resonantes se encuentran los de Anna Politkóvskaya y Ilias Shurpayev, asesinados en 2008 y 2006 respectivamente. Con todo, los índices de popularidad de Putin rutinariamente dan rutinariamente por arriba del 60%. “Es como un emperador y muchos lo comparan con Pedro el Grande”, dijo Dimitri Simes, presidente del Nixon Center y un experto en temas rusos.

¿Cómo lo ven a Putin sus compatriotas? Por generaciones de generaciones los rusos, que tienen un formidable sentido del humor, acostumbran a identificar a los líderes políticos con chistes e ingeniosos sobrenombres. Leonid Brezhnev era conocido como “el estúpido”; Gorbachev como “el reformista inepto”; Yeltsin, previsiblemente, como “el borracho”. Putin es para el pueblo “el déspota”. Un chiste que corrió mucho durante su mandato como presidente decía así: Putin sueña y se le aparece el fantasma de Stalin. Putin le pide ayuda para gobernar el país. Stalin le dice: “Encarcelá y ejecutá a todos los demócratas y luego pintá de color azul el interior del Kremlin”. ¿Por qué azul?”, le pregunta Putin. “¡Ja!” exclama Stalin. “Sabía que no me ibas a preguntar nada sobre la primera parte del consejo.”

Putin es sarcástico pero sin sentido del humor. No suele hacer chistes y no le gustan los juegos, al menos con extraños. Henry Kissinger, una de las personas que más conoció de primera mano a los líderes rusos desde la época de Brezhnev dijo: “Su éxito no depende de su carisma personal porque no lo tiene. Es una combinación de distanciamiento, una inteligencia considerable, gran sentido estratégico y fuerte nacionalismo lo que otorga a Putin su atractivo tan peculiar”.

Desde el 7 de mayo de 2008 es el Primer Ministro de Rusia, nombrado por su sucesor, el Presidente Dmitri Medvédev, quien a su vez fue elegido sucesor por Putin quien continúa siendo el hombre fuerte de Rusia, pero con cargo y título habilitante.

*Adaptación rápida de columna radial. Programa “Propuesta Abierta”, FM Cultura, domingos de 9 a 11 de la mañana.

Categorías: Política

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