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La cena de Trimalquión

Octubre 18, 2008 · 2 comentarios

Satiricon

Petronius

Traducción y notas: Bartolomé Segura Ramos

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Obligados por tan gran favor, como hubiéramos entrado en el comedor, salió corriendo a nuestro encuentro el mismo esclavo, por quien habíamos intercedido, y para sorpresa nuestra nos estampó incontables besos, dándonos las gracias por nuestra amabilidad.

“En fin, pronto sabréis”, dijo, “a quien habéis hecho vuestro favor. El vino del amo corre por cuenta del camarero.”

Por fin tomamos asiento, pues, en tanto unos esclavos de Alejandría nos vertían agua de nieve a las manos y a continuación de otros, colocándose a los pies, nos recortaron las uñas con gran destreza. Y ni siquiera en este menester tan molesto estaban callados, antes bien cantaban sin tregua. Quise yo comprobar si cantaba toda la servidumbre y por ello solicité una bebida. Se me ofreció un esclavo superdispuesto con una canción no menos avinagrada, y así cualquiera al que se le pidiese que te trajera algo: como para creer que se trataba de un coro de pantomima, no del comedor de un señor importante. Se nos sirvió no obstante unos entremeses (1) bastante exquisitos; pues ya habían tomado asiento todos excepto Trimalquión, a quien según la nueva moda se le reservaba el lugar preferente. (2) Por otra parte, en la bandeja habían instalado un borriquillo en bronce de Corinto con sus alforjas, que en una parte tenía aceitunas verdes, en la otra negras. Cubrían al borriquillo dos platos en cuyos bordes estaba grabado el nombre de Trimalquión, así como los quilates de la plata. También unos puentecillos soldados sostenían lirones salpicados con miel y adormidera. Había asimismo salchichas calientes puestas sobre una parrilla de plata, y debajo de la parrilla ciruelas de Siria con granos de granada.

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En estas exquisiteces estábamos, cuando introdujeron a Trimalquión en persona al son de una banda de música y, al ser colocado entre cojines diminutos, arrancó la risa a los desprevenidos. Pues había dejado fuera del manto azafranado su cabeza pelada y en torno del cuello recargado con la ropa se había puesto una servilleta con una ancha franja roja y con flecos colgando de un lado y de otro. Llevaba además en el dedo meñique de la mano izquierda un anillo grande con un baño de oro (3) y en la última falange del dedo siguiente uno más pequeño, de oro macizo, a mi parecer, pero con una especie de estrellas, evidentemente de hierro, engastadas. Y para no mostrar sólo estas riquezas, se desnudó el brazo derecho adornado con una esclava de oro y una pulsera de marfil engarzada en una placa de esmalte.

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Así que se hubo hurgado los dientes con un palillo de plata, dijo: “Amigos, no era aún de mi agrado venir al comedor, pero para no haceros esperar más con mi ausencia, he renunciado a todo placer. Me vais a permitir, sin embargo, que termine el juego.”

Le acompañaba un esclavo con una tabla de terebinto y dados de cristal, y advertí un detalle súper refinado: en vez de fichas blancas y negras tenía denarios de oro y de plata. En el ínterin, mientras él agota en el transcurso del juego el lenguaje de todos los tejedores y nosotros seguimos todavía con los entremeses, se nos trajo una gran bandeja con un cesto en el que había una gallina de madera con las alas abiertas en círculo. Como suelen estar cuando empollan los huevos.

Se aproximaron al punto dos esclavos y al son estridente de la banda comenzaron a revolver la paja y al momento repartieron a los comensales los huevos de pavo que sacaron. Trimalquión volvió la cara a este numerito, diciendo: “Amigos, ordené que pusieran huevos de pavo a la gallina. Y, válgame la caridad, me temo que ya estén empollados. Pero vamos a probar si se pueden sorber aún.”

Recibimos unas cucharas que pesaban media libra por lo menos y cascamos los huevos, que estaban confeccionados con harina espesa. Lo que es yo, casi tiré mi parte, pues me daba que ya se había formado el pollo. Luego, al escuchar a un comensal veterano: “Aquí debe haber algo bueno, no sé yo”, proseguí dándole a la cáscara con la mano y hallé un papafigo gordísimo, rebozado con yema a la pimienta.

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Trimalquión, dejando de lado el juego, había pedido ya de todo esto también, y a voz en cuello nos había dado permiso para repetir si alguno deseaba vino con miel (4), cuando de repente la banda da una señal y un coro de cantantes retira sincronizadamente los aperitivos. Al margen de esto, como en medio del bullicio se cayese por azar una fuente y un esclavo la recogiese del suelo, se dio cuenta Trimalquión y mandó hostiar al esclavo, y tirar de nuevo la fuente, Acto seguido entró el encargado y se puso a barrer con una escoba la plata junto a los demás desperdicios. Al instante, hiceron acto de presencia dos etíopes de larga cabellera con odres chiquititos, como suelen ser los de quienes esparcen arena en el anfiteatro, y dieron vino a las manos: que agua nadie la ofreció. Elogiado el amo por sus finuras, dijo: “Marte gusta de la igualdad. Razón por la cual ordené que a cada uno se le asignara su mesa particular. Al mismo tiempo, esos pestilentes esclavos nos darán menos calor con su presencia.”

Al punto nos trajeron unas ánforas de vidrio cuidadosamente selladas, a cuyo cuello había etiquetas adheridas con esta leyenda: “Falerno del cónsul Opimio, de cien años.”

Mientras andamos leyendo las etiquetas, Trimalquión dio una palmada y dijo:

“Ay, de modo que el vino vive más que un pobre mortal. Motivo por el cual vamos a arrearnos un latigazo. El vino es vida. Os sirvo un Opimio (5) de verdad. Ayer no lo puse tan bueno; y cenaba gente mucho más importante.”

De manera que, mientras bebíamos, y admirábamos sin perder detalle sus refinamientos, un esclavo trajo un esqueleto de plata, ensamblado de forma que las articulaciones y vértebras flexibles se doblaban para todas partes. Como lo arrojaba una y otra vez encima de la mesa y su ensamblaje móvil formaba diversas figuras, agregó Trimalquión:

¡Ay, pobres de nosotros, qué poca cosa es el hombrecito en su integridad!
¡Así seremos todos, cuando nos lleve el dios infernal!
De modo que vivamos, mientras podamos pasarlo bien.

(1) Partes de la cena: aperitivos (gustatio), plato o platos fuertes (fercula) y postres o segundas mesas (secundae mensae).

(2) El triclinium o comedor romano disponía de tres lechos o divanes con tres puestos cada uno, colocados en tres de los cuatro costados de una mesa central, siendo el lectus imus el situado a la derecha con relación a la mesa, el medius, el central y el summus, el de la izquierda. El sitio de honor es el de la derecha (= supra) del central; el dueño solía sentarse en el sitio central del imus.

(3) Sólo los ciudadanos del orden ecuestre podían llevar en el dedo meñique un anillo de oro; de ahí que el de Trimalquión sea sólo dorado.

(4) Mulsum: normalmente no se tomaba vino puro (merum), sino rebajado con agua, o, como aquí, con miel (tres kilos y cuarto de miel por trece litros de vino, según Columela, XII,41).

(5) El vino de Falerno en la Campania constituía con el Cécubo y el Másico la tríada de mejores vinos de la antigüedad romana. Lo de Opimio (cónsul en 121 a.c.) es otro disparate de Trimalquión.

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2 respuestas hasta el momento ↓

  • José Martinez Andrada // Octubre 21, 2008 a 2:03 pm | Responder

    Como en un sueño, el Satiricon combina la verosimilitud de los protagonistas con acciones y situaciones absurdas. Fellini supo interpretar a la perfección la naturaleza del libro y filmó una gran película con un gran guión. Gracias al autor del blog por recordarnos la buena literatura en una época -como en todas las épocas, en rigor de verdad- en la cual en nombre de la modernidad se publica cualquier mamarracho.

  • Autor Material // Octubre 21, 2008 a 6:04 pm | Responder

    Sospecho que no puede nacer un Satiricon sin que nazcan muertos millones de mamarrachos. Gracias por escribir.

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