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De Termópilas a Salamina

Junio 10, 2008 · Dejar un comentario

Vidas Paralelas
Lucius Mestrius Plutarcus

Temístocles
Preliminares de la batalla de Salamina, el asiento de Jerjes y el sacrificio de los tres persas

Traducción y notas: Aurelio Pérez Jiménez

Con el día Jerjes se situó en una altura para observar la flota y el desarrollo de la batalla, según Fanodemo, por encima del Heracleon, en el lugar en que la isla está separada del Ática por un estrecho canal, y, según Acestodoro, en el límite de la Megáride sobre uno de los montes llamados Cuernos; allí se había preparado un asiento de oro y estaba acompañado de numerosos escribas cuya misión era poner por escrito los detalles del combate.

En el momento preciso en que Temístocles estaba haciendo el sacrificio en el trirreme capitán, trajeron a su presencia tres prisioneros, guapísimos y espléndidamente ataviados con alhajas de oro. Eran, se decía, hijos de Sándace, hermana del rey, y de Artauctes.(1) En cuanto los vio el adivino Eufrántides, basándose en que de las víctimas surgió una llama grande y muy brillante, y coincidió como señal un estornudo por la derecha, tomó la mano derecha de Temístocles y le ordenó consagrar a los jóvenes y sacrificarlos a todos tras elevar súplicas a Dioniso Omestes. Pues así los griegos obtendrían la victoria y su salvación. Temístocles se quedó consternado, considerando espantoso el vaticinio; pero la tropa, que esperaba la salvación más por procedimientos que por medios sensatos, como suele ocurrir en combates decisivos y en situaciones difíciles, invocaba al unísono al dios y, conduciendo los prisioneros al altar, le obligó a celebrar el sacrificio, según las instrucciones del adivino.(2) Esto lo cuenta Fanias de Lesbos, filósofo y hombre no sin competencia en el campo de la historia.

Sobre la cantidad de naves bárbaras el poeta Esquilo, como si lo supiera (y) con seguridad, dice en (su tragedia) Persas lo siguiente:

Para Jerjes, bien lo sé, de mil era
el número de naves; y las que alardeaban de velocidad
eran doscientas siete. Así es el cálculo.
(3)

En cuanto a las áticas, su número era de ciento ochenta y cada una tenía dieciocho combatientes de cubierta; de ellos cuatro eran arqueros y el resto hoplitas.

Al parecer Temístocles tuvo en cuenta y aguardó, con no menos acierto que el lugar, el momento adecuado y no dispuso los trirremes de proa contra los de los bárbaros hasta que llegó la hora en que solía arreciar el viento desde alta mar y encrespaba el oleaje por los estrechos. Aquel no perjudicaba a las naves griegas de poco calado y más bien bajas; pero a las bárbaras, con la popa levantada, de altas cubiertas y pesadas en su movimiento, las hacía tambalearse al soplar sobre ellas y las dejaba inclinadas a merced de los griegos, que las asaltaban rápidamente y estaban pendientes de Temístocles en la idea de que era quien mejor sabía lo que convenía. Por eso, el almirante de Jerjes Ariámenes, que tenía una nave grande, lanzaba contra aquél flechas y venablos como desde una muralla; era éste un noble guerrero y con mucho el más poderoso y justo de los hermanos del rey. Pues bien, a éste Aminias de Decelia y Socles de Palene que navegaban juntos, cuando las naves, embistiéndose de proa y trabadas con los espolones, se quedaron unidas, en el momento de saltar a su trirreme, lo aguardaron y golpeándolo con sus lanzas lo echaron al mar. Artemisia reconoció su cadáver, arrastrado con los demás de las naves, y se lo llevo a Jerjes.

En este momento del combate una gran luz brilló, dicen, desde Eleusis y un ruido y un clamor dominó la llanura de Tría hasta el mar, como si muchas personas juntas sacaran en procesión el Iaco de los misterios. De la multitud de los que gritaban pareció levantarse poco a poco una nube del suelo para volver a regresar de nuevo y dejarse caer sobre los trirremes. Otros creyeron ver apariciones e imágenes de guerreros armados que viniendo de Egina alzaban sus brazos delante de los trirremes griegos; suponían que eran los Eácidas cuyo auxilio había sido invocado con plegarias antes de la batalla. (4)

El primero que tomó una nave fue Licomedes, trierarca ateniense, que arrancó sus emblemas (5) y se los dedicó a Apolo laureado en Flías. Los demás, igualados en número con los bárbaros, ya que estos en el estrecho se veían obligados a atacar por partes y se estorbaban entre sí, acabaron por hacerlos retroceder, aunque persistieron hasta que oscureció; y, como dice Simónides, se alzaron con aquella espléndida y gloriosa victoria cuyo brillo no ha logrado superar ninguna empresa marítima realizada por griegos ni bárbaros, tanto por el valor y arrojo general de los combatientes, como por las perspicacia y habilidad de Temístocles.


(1) La palabra griega diphros implica un asiento móvil (bien de un carro o una silla portatil).

(2) Según el propio Plutarco fueron apresados por Arístides en Psitalía y enviados a Temístocles, versión que contradice las de Esquilo y Heródoto que sitúan la masacre de Arístides en esa isla después de la batalla. En Aristodemo la toma de Psitalía es anterior pero tampoco hay supervivientes. Respecto a Artauctes, fue crucificado por los atenienses en el Helesponto y su hijo lapidado ante sus ojos. Heródoto dice que la hermana del rey, Mandane, responsabilizaba a Temístocles (en la corte persa) de la muerte de sus hijos en Salamina, pero no indica el tipo de muerte.

(3) Sin duda Plutarco atribuye sus propias ideas al personaje, que no se caracteriza precisamente por tales escrúpulos.

(4) Esquilo participó en la batalla de Salamina, según Ión y Pausanias. El número exacto de naves persas, facilitado por Heródoto, era de 1207.

(5) Heródoto habla del fantasma de una mujer, incitando a los griegos al combate, y Pausanias menciona la aparición de una serpiente en las naves durante la batalla, que Apolo reveló que se trataba del héroe Cicreo.

(6) Figuras que identificaban la nave. El plural se explica porque había uno a cada lado de la nave (cf. L. Casson, Ships and Seamanship in the Ancient World, Princenton, 1971, págs. 344-345)


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