El diario La Nación publicó los días 16 y 17 de julio una nota en dos entregas firmada por Evangelina Himitian. La primera parte se titula “El drama de vivir… y morir junto a las vías” , la segunda “Viaje al punto más bajo de la línea de pobreza”.
Para narrar su historia Himitian no hace grotescos malabares, simplemente sigue al pie de la letra el punto uno del manual: cuenta lo que vio y vivió de la manera más sencilla y precisa, utilizando una sintáxis periodística ortodoxa, casi sin emitir opiniones ni proferir molestos adjetivos o raros verbos. No incurre en extravagantes neologismos, ni en prácticas propias del hijo de Judá, quien desposó a Tamar, vicio caro al medio gráfico y, claro, a la televisión. Himitian no se complica la vida ni se la hace difícil al lector. Construye su nota investigando, con datos claros, números, nombres y testimonios. El periodismo no es una ciencia exacta pero tampoco es un oficio. Es una profesión que requiere estudio, rigurosa objetividad, disciplina, especialización, no poca obsesión, mucha lectura y dosis masivas de decencia y sentido común.
El objeto de la historia es la vida de una familia que ocupa una casilla junto a las vías del ferrocarril San Martín, entre las estaciones La Paternal y Chacarita. Tres meses antes La Nación había informado sobre la muerte de tres pequeños destrozados por las ruedas de un tren. La protagonista del relato es Elvira Robles, tucumana, madre de ocho hijos, pareja de Luis Carabajal; una mujer que no olvida a su sobrina de once meses, también despedazada en las vías. Elvira quiere cambiar de clase social pero en el proceso debe luchar contra enfermedades, infecciones, promesas incumplidas por las autoridades y ratas que buscan cobijo entre las cobijas.
“El día anterior había sido una de las jornadas más heladas del año. En lo de los Carabajal, el frío se volvió criminal. Elvira esperó a Luis, que volvió de cartonear a la medianoche, con el fuego encendido y mate dulce. Los chicos ya dormían. Por eso, ellos se acostaron en silencio, sin encender la luz. Estaban por dormirse cuando notaron ruidos. Luis se sobresaltó por un movimiento bajo la sábana. “¡Se subió una rata!”, gritó, mientras sacudía las frazadas. Un roedor que buscaba calor había entrado en la cama.”, escribe Himitian.
“¡Los chicos!”, dijo la madre, y corrió a ver las cuchetas. Varias ratas salieron de aquellas camas. Ni ella ni Luis pegaron un ojo en toda la noche. Se sacaron el frío luchando contra las ratas. “Sacamos una a punto de morderle la oreja a Kevin”, cuenta Robles.
“Cuando Elvira no sabe qué hacer, dice: “Lo voy a llamar a Raúl”. Raúl es Castells. Elvira se hizo piquetera hace un tiempo, desde que empezó a pedir a funcionarios y políticos un mejor destino. “El único que vino y tomó un mate con nosotros fue Raúl”, explica.
“Desde ese día, Elvira es incondicional de Castells. Tiene el número de su celular, aunque la mayoría de las veces no la atiende. Para las elecciones porteñas prestó su nombre para figurar número 28 en la lista de candidatos a diputados por el Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados. Elvira arenga a sus vecinos para ir a las marchas. El argumento más elocuente lo da cuando baja de una camioneta con cajas con alimentos que le dieron en el partido. “Sólo esto nos dieron porque ninguno de ustedes va a las marchas. No saben los colchones y frazadas que nos perdimos”, reprocha. Es llamativo. Las cajas que entrega Castells dicen “Ministerio de Desarrollo Social” y “Gobierno de la Ciudad”.
“Elvira, lista en mano, entrega a cada uno lo que le corresponde. “Son cuatro productos por ir a la marcha, cuatro por estar al día con la cuota social.” Así, va sacando polenta, leche en polvo, harina y otras yerbas. La entrega se prolonga hasta las 21. Luis acumula las cajas vacías. Esta noche no tuvo que salir con el carro: el cartón vino hasta su puerta.”, relata Himitian.
La segunda parte de la nota comienza con el viaje a Tucumán en tren, una travesía de veinticinco horas para recorrer 1200 kilómetros. En la provincia Robles y Carabajal se reencuentran con pasado, hijos dejados y familiares que viven entre chapas y excrementos.
“Aunque cueste imaginarlo, existe un escalón más bajo en la línea de la pobreza que aquel en el que Luis y Elvira viven junto a las vías, en la Capital.”, informa la periodista.
“En una casilla desvencijada, sin puerta, viven Jorgito, de 5 años y Lourdes, de 3. Están al cuidado de su tío. Dos veces por mes, el hombre viaja a Bolivia para pasar ropa en balsa y burlar controles aduaneros. El sujeto relata las peripecias del viaje por el que, según dice, le pagan 45 pesos. Mientras, los chicos comen arroz aguado, de una misma bandeja y con una sola cuchara.”, leemos.
La nota tiene poco más de tres mil palabras. La buena prosa permite que se lea como un cuento, de terror, claro.
Julio 19, 2007




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