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La política como obra de terror

Enero 27, 2008 · Dejar un comentario

A menos de veinticuatro horas de haberse publicado en La Nación una encuesta de Graciela Römer que indica que el 61% de la población cree que el Gobierno no conduce al país por el rumbo correcto, el Presidente de la Nación decidió anunciar los esperados cambios en su gabinete de ministros. La selección de sus nuevos colaboradores provocó la desaprobación del Vicepresidente y socio principal en la alianza electoral. Un día después Carlos Alvarez presentaba su renuncia indeclinable al cargo.

Si con los cambios Fernando De la Rua pretendió domesticar al rebelde Alvarez y, al mismo tiempo, ganar algunos meses de oxígeno político dados los desfavorables números de las encuestas, la torpeza con que fue ejecutada la maniobra consumió la reserva de aire en apenas unas horas. El tan buscado golpe de efecto que devolviera a la gente el optimismo perdido duró menos que la vida de una mariposa.

Ambos, Fernando De la Rua y Carlos Alvarez, se conjuraron para eliminar definitivamente las esperanzas de quienes los habían votado el 24 de octubre de 1999; un vasto conjunto de sectores de distinto arraigo político, social, cultural y económico a quienes a base de promesas y, fundamentalmente, de una alianza de carácter excepcional, se había seducido con el enarbolamiento de las banderas del despegue económico para eliminar la desocupación y de la lucha contra la corrupción.

En términos del lenguaje de la calle, tal como lo señalaba entre lágrimas una mujer el viernes pasado frente al Hotel Castelar en la ciudad de Buenos Aires, la clientela electoral de la Alianza fue ‘mejicaneada’. Esto es, se presentó una fórmula impecable y que cumplía con todos los requisitos del marketing electoral para obtener la mayor cantidad de votos posibles, para luego desarmarla y hacer lo que venga en gana, gesto que la gente interpreta no sin razón como un formidable corte de manga.

La gravedad de la falta de Alvarez es difícil de explicar en un país acostumbrado a mirar como se llevan a cabo las mayores atrocidades sin que jamás aparezca un culpable. Con la ligereza de quien sabe que cualquier barbaridad que se cometa en la Argentina siempre quedará impune, renunció a menos de un año de asumir ‘para poder decir con libertad lo que siento y lo que pienso’. Adujo también que se iba por que no podía convivir con legisladores sospechosos de cohecho a menos de cien días de que el escándalo de las coimas en el Senado viera la luz (Joaquín Morales Solá, La Nación, 25 de junio de 2000).

En un país con instituciones serias semejante acto de indisciplina e irresponsabilidad alcanza para que el audáz no pueda en el futuro ni siquiera presidir el consorcio del edificio en el que vive. El gobernador de una de las provincias más importantes, sin embargo, le dedicó elogios y lo comparó con Juán Perón.

Fernando De la Rua, por su parte, debería revisar su equipo de colaboradores. Amigos y familiares pueden ser buenos consejeros en la vida privada pero no necesariamente lo son para la función pública. El discurso leído y grabado por el Presidente el viernes a la noche -‘Acá no hay crisis ni problemas’- fue la frutilla del postre. Fue la evidencia puesta por escrito de que, efectivamente, se trató de un plan integral perpetrado hasta las últimas consecuencias por los mismos cerebros asesores. Hay que ser singularmente hábil para provocar en pocas horas una de las mayores conmociones políticas que recuerde la moderna democracia argentina.

¿Qué queda en concreto después de este memorable ‘Coup de Palais’?

1-La Alianza ha muerto.
2-Alvarez es el nuevo y más importante opositor que el Delarruismo ha sabido conseguir.
Desde afuera sigue adelante con su proyecto personal, su objetivo de siempre.
3-El país sigue retrocediendo, sin plan estratégico en lo económico ni, tampoco ahora, en lo político.
4-Quienes creían en las tan mentadas y publicitadas ‘nuevas formas de hacer política’ sufren un nuevo desencanto.
5-La gobernabilidad está seriamente amenazada. La imagen del Presidente cae en picada.
6-La reserva de oxigeno político del Delarruismo se ha agotado. Como en los video games, ya no tiene más vidas para (mal) gastar.

La vieja política goza de buena salud y vive en la Argentina.

Octubre 8, 2000

Categorías: Política argentina

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