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El horizonte vertical

Enero 27, 2008 · Dejar un comentario

“It doesn’t seem possible that a man who owns
a television network can be such a bad liar.
It seems so essential to his success.”
Truman Capote

¿Existe una tendencia al ejercicio del periodismo en la televisión o, en cambio, esa práctica es un accidente que altera el modo en que se ordenan las cosas en la pantalla ya-no-tan-chica?

La trama de la televisión argentina puede dividirse en cuatro grupos más o menos identificatorios:

1. Los canales aún llamados “de aire”, dueños de audiencia masiva y programación variada.

2. Las emisoras temáticas, conjunto que comprende a:
a. Los canales de noticias, organizaciones de poderío económico y gran capacidad logística.
b. Los canales de “entretenimientos”, de finalidad informativa, con grillas de programación atadas a una actividad específica: moda, decoración, deportes, turismo, arte, salud, gastronomía, autos, etc.

3. El Canal 7-ATC-Canal 7, cuyo inveterado sometimiento a la administración central transforma cualquier intento de hacer periodismo en un atentado contra sus instalaciones.

4. El resto de las emisoras que no responden a ninguno de los canones descriptos. La heterogeneidad y fragilidad de sus programaciones las convierte en entidades prácticamente inclasificables, a no ser que recurramos al procedimiento de enumeración caótica, serie retórica cuya función es expresar de forma exhaustiva pero incompleta, bien la amplitud del cosmos, un desorden o la angustia metafísica. Caprichos de comerciantes, no-longer-fashionable people y ex periodistas favorecidos por una singular movilidad social que les permite mudar de empleados a patrones de stands financiados por oficinas de Estado (o sea, por el contribuyente, que además paga el cable) o fondos reservados (a quienes los depredan); canales tipo kermés con espacios loteados al mejor postor y/o a familia, amigos, hombres de alquiler y mujeres notoriamente costosas, entre otras especies.

Por sus características, sólo los incluídos en los grupos 1 y 2 califican para producir programas periodísticos con rigor profesional y expectativas de continuidad. Pero ¿qué lugar ocupa el periodismo en esas emisoras?

Vedetismo, shows, PPT y GdN

El vedetismo es una actitud que atribuye superioridad a la persona del actor por sobre lo que el actor produce. Es un afán megalómano estimulado desde el momento en que la aparición del actor en el escenario mediático -su rostro, su foto, su botox- es considerada en sí misma una instancia consagratoria que exime al protagonista de presentar un producto con valor autónomo, independiente de la corbata, la cartera o el output del workout. El vedetismo permite que la firma se imponga a la obra, el grito huero a la palabra precisa y las extravagancias sintácticas a la eficacia narrativa. La máxima farandulera “si no estás en los medios no existís” rotula la estrategia de carrera de numerosos hombres y mujeres de prensa que eluden el mandato primario del oficio. El vedetismo es uno de los elementos constitutivos de la identidad televisiva.

En su ensayo “Sobre la televisión” el sociólogo Pierre Bourdieu, señala: “¿Por qué la gente hace todo lo posible por aparecer en la televisión? Se trata de una cuestión muy importante que la mayor parte de los investigadores, de los científicos, de los escritores, por no mencionar a los periodistas, que aceptan participar no se plantean.” … “Creo, en efecto, que, al aceptar participar sin preocuparse por saber si se podrá decir alguna cosa, se pone claramente de manifiesto que no se está ahí para decir algo, sino por razones completamente distintas, particularmente para dejarse ver y ser visto. “Ser”, decía Berkeley, “es ser visto”. Para algunos de nuestros filósofos (y de nuestros escritores) ser es ser visto por los periodistas (lo que implica muchos compromisos y componendas).” “ … Al no contar con una obra que les permita estar continuamente en el candelero, no tienen más remedio que aparecer con la mayor frecuencia posible en la pequeña pantalla, y por lo tanto han de escribir a intervalos regulares, cuanto más cortos mejor, unas obras cuya función principal, como observaba Gilles Deleuze, consiste en asegurales que serán invitados a salir por televisión. De este modo la pantalla del televisor se ha convertido hoy en día en una especie de fuente para que se mire en ella Narciso, en un lugar de exhibición narcisista.”

Produciéndose y reproduciéndose en la búsqueda de descargas cada vez más eficaces, el vedetismo se transforma en caricatura de sí mismo. En ese devenir frenético de abusos y excesos muta a modo barroco, agota deliberadamente sus posibilidades y reaparece como reality show; su retoño más célebre: “Gran Hermano”.

En la televisión los llamados “shows periodísticos” tienen mucho de lo primero y poco de lo segundo. El vestuario, las luces y la escenografía relegan los contenidos a imágenes impactantes y testimonios aislados desprovistos de anclaje a un plan de trabajo metódico y exhaustivo. En la televisión la investigación periodística es considerada una rareza que aburre a la audiencia y espanta al anunciante. La televisión torsiona y distorsiona la naturaleza de lo periodístico hasta convertir el concepto en un continente lo suficientemente elástico como para que cualquier cosa encuentre en él un anfitrión amigable. Para los Medios de Comunicación Masiva (MCM) fama y hecatombe son caras de una misma moneda. Lo que cuenta es la excitación elemental que producen la sangre, la muerte, el humo, el tronar de los disparos y el color del fuego.

Para lucir, el show, entendido como espectáculo artístico, deportivo o de simples entretenimientos, no debe aparentar algo que no es. Junto al show nos sentimos a gusto, como cuando leemos una obra de ficción cuya trama, personajes y diálogos se afirman en la calidad narrativa que remite a un argumento que no reclama ser cotejado con una realidad externa al relato.

El periodismo, por su parte, es una especie del género documental y su desarrollo, aún como artificio en tanto urdimbre del lenguaje, exige un conocimiento de los hechos expuestos que habilite una evaluación precisa de la calidad del informe. En esta instancia el público queda inerme, sujeto a la confianza que le despierte el medio que difunde o el periodista que suscribe. En la ficción no hay intermediarios porque el escritor es al mismo tiempo el creador de la historia y su cronista, mientras que en el periodismo entre lo sucedido y la construcción de la noticia se sitúa un relator que dispone de la audiencia como rehén de su sagacidad intelectual, seriedad investigativa, rigor metodológico y honestidad profesional.

En general los llamados “shows periodísticos” son Programas Políticos de Televisión (PPT), producciones que sustituyen a los programas periodísticos de modo velado, presentando a los animadores como si fueran periodistas, a los invitados como entrevistados y a la mera difusión de novedades como el producto de un trabajo periodístico. En ellos el animador conduce y el invitado rara vez dice algo no incluído en el trash-menú televisivo, dieta funcional a la urgencia que impone el medio. El “animador bufón” (Bourdieu) sustituye al reportero de investigación.

Este juego de apariencias, en donde el presentador simula ser periodista y el invitado finge ser un entrevistado, es la matriz de la mayoría de los programas televisivos que se presentan como periodísticos pero que en realidad actúan como extensión de la oficina de relaciones corporativas cuya misión es mejorar la posición de la empresa en su relación con los factores de poder. Así como un hecho en sí mismo no es una noticia, tampoco un “show de noticias”, una “revista de actualidad” o un “panorama informativo” son, necesariamente, programas periodísticos. La mayoría de los noticieros han quedado rebajados a meros Generadores de Noticias (GdN), presentaciones tan parecidas a una producción periodística como lo es jamón italiano al jamón “tipo italiano”. Dar a conocer novedades no es periodismo mientras no se responda a la pregunta-pilar que sostiene el andamiaje conceptual del ejercicio de prensa: “por qué”. Sin la necesaria develación de por qué pasan las cosas el periodismo se vacía de contenido y su lugar es ocupado por un relato anecdótico, meramente coloquial, parecido al que ensaya el vecino más informado del barrio para impactar a sus asociados en cervezas y billares. Que los GdN reclamen un lugar en el universo periodístico es como si un canillita exigiera ser considerado hombre de prensa porque pregona titulares.

La televisión opone al periodismo, así como a cualquier ámbito de producción de saberes, una suerte de obstáculo producido por el régimen de su marcha. El metabolismo de la TV precipita una desesperante necesidad de liberar golpes de efecto instantáneos, provocando reacciones inmediatas del público, casi al nivel de la piel; repulsión, asco, indignación, rechazo o risotadas. La fórmula del éxito consiste en ofrecer temas efímeros y catastróficos tratados de modo reduccionista y superficial. La televisión funciona no como caja boba si no como aparato para bobos o aparato para aparatos. Las novedades aparecen y desaparecen con la velocidad de un cambio de plano. El seguimiento, otra de las rutinas que demanda el rigor periodístico, no se practica a excepción de que la novedad siga exudando olor a pólvora o a cadáver quemado. La víctima local Nora Dalmasso ya es un rumor. A su vez, el fuego fatuo de la internacional Madeleine McCann palidece a medida que el morbo mediático no encuentra terreno en donde revolcarse sobre sí mismo.

El gen argento

Un lugar de actualidad, hacia donde se desplazaron y condensaron las variables maestras de la televisión, fue el “El gen argentino”. Se trató de un programa que tuvo todo lo necesario para no ser objetado, a excepción de lo esencial: su objeto. La emisión estuvo a la altura de las producciones de entretenimientos de la televisión argentina de los años ‘60 y ‘70: “Dar en el blanco”, “La feria de la alegría”, “Quién es quién” y “Si lo sabe cante”, entre otros, claro.

Su conductor, Mario Pergolini, animador bufón, no es menos que muchas viejas glorias de la TV de la misma época: Héctor Coire, Orlando Marconi, Carlos D’Agostino, Guillermo Cervantes Luro o Roberto Galán.

Los panelistas, en tanto, hicieron juego. Manejaron a la perfección los argumentos y postulados más populares hace cuarenta años. Por su parte, los promotores -la mención de la palabra convoca previsiblemente a la góndola, al queso y al salame- fueron los encargados de defender a los personajes por los que el público debía votar.

“Buscando al argentino más grande”, era el slogan. Su mención recuerda la ansiedad infantil por establecer absurdas supremacías.

El programa se encargó con eficiencia de pauperizar la historia. En manos de sus productores, conductor y panelistas la historia fue despojada de su condición disciplinaria y se transformó en materia fácilmente opinable, no compleja, discutible sin esfuerzo apelando a generalidades y anacronismos. Los competidores -San Martín, Belgrano, Ernesto Guevara, Eva Duarte, Maradona, Fangio, Borges, Favaloro, Fontanarrosa y Olmedo- fueron opuestos de a pares, como gladiadores romanos a punto de saltar a la arena. Cada uno era identificado como “Gen 1″ y “Gen 2″, ocurrencia que podría resultar graciosa sino fuera por que sintetiza la idea manifiesta del programa: presentar la historia como un proceso sencillo, con un origen puntual que se devela, evitando las complejidades que plantea la genealogía, ejercicio que demanda tiempo, estudio, chequeos, cotejos y discusiones sólidamente fundadas. La deconstrucción genealógica rara vez entrega respuestas simples y terminantes.

El “argentino más grande”, de acuerdo al particular punto de vista de quienes hicieron el programa, fue quien, luego de sucesivas eliminaciones, el público consideró que representaba con mayor rigurosidad los atributos distintivos -pero nunca explícitos- de esa entidad oscurantista llamada “Ser Argentino” o “Ser Nacional”, arquetipo liminar de dudosa existencia pero de probada eficacia para silenciar opositores, demoler rivales y exterminar enemigos; combinación esotérica y fuente de inspiración de los criminales más tenebrosos de la historia, verbigracia, Hitler, Stalin, Saloth Sar o, más cercanos a los argentinos, los generales de la dictadura genocida que asoló el país entre 1976 y 1983.

¿Qué es el “ser argentino”? Aceptamos respuestas. Mientras tanto, nos quedamos con la contribución de Dady Brieva, “promotor” de Alberto Olmedo. Con brutal honestidad, el comediante aportó saber cuando, urgido por quienes ponían en duda la argentinidad de su defendido, sentenció iracundo y tautológico: “¡Nosotros somos como somos!”

Guiados por un modelo tan atractivo como inexistente los protagonistas del “Gen Argentino” se aplicaron durante dos meses a perfeccionar el ejercicio del solipsismo, forma radical de subjetivismo que postula que la realidad externa sólo es comprensible a través del yo, invocando sus propias experiencias y pareceres para validar los argumentos expuestos. En todo el curso del programa no hubo citas de libros, ni documentos, ni fuentes de ninguna especie, ni mención o participación de … historiadores. Conductor y panelistas se pronunciaron con notable seguridad sobre controvertidos procesos históricos. A veces daba la impresión de que se trataba de viajeros en el tiempo que habían tenido la fortuna de ser testigos oculares de los hechos discutidos.

Al quedar librada la condición de argentinidad al parecer de cada espectador o, ni siquiera eso, a las simpatías o antipatías que despertaba cada celebridad, el resultado cumplió con la misión no declarada de la emisión: multiplicar la caja armada con las decenas de miles de mensajes de textos que la gente, ganada por la ilusión de participar, envió a favor de su preferido. Así, la historia fue utilizada como el accesorio de un prestidigitador, como un objeto llamativo que distrae mientras el truco se hace con la mano descuidada, como una fachada que tapó la exclusiva naturaleza mercantilista del programa: crear una falsa competencia entre famosos para que el público pague para votar por uno u otro.

“El gen argentino” fue una máquina anti-reciclaje que convirtió lo excelso en desperdicio. Sin sutilezas desinformó, pero también estimuló la ignorancia y la superstición.

“Me objetarán que estoy haciendo un discurso elitista”, dice Bourdieu, “que defiendo la ciudadela asediada de la alta ciencia y la alta cultura, o incluso que se la estoy prohibiendo al pueblo (al tratar de prohibir la televisión a aquellos que se erigen a veces en portavoces del pueblo, con sus retribuciones desorbitadas y sus trenes de vida espeluznantes, so pretexto de que saben hacerse oir por el pueblo, hacerse plebiscitar por los índices de audiencia). De hecho, lo que defiendo son las condiciones necesarias para la producción y la difusión de las creaciones más egregias de la humanidad.”

Debates que no debaten

El debate protagonizado por los candidatos a jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, emitido el miércoles 23 de mayo por la señal TN, fue un ejemplo de Programa Político de Televisión, programa “tipo periodístico” de presencia frecuente en la TV mundial.

La producción de “A dos voces” permitió que los tres postulantes -en especial Daniel Filmus, cuyo único objetivo fue adoptar la estrategia del gobierno que representa; esto es, asumir una posición enteramente reactiva buscando definir su identificación mediante la negación del otro- se desbocaran a gusto para contarnos todo lo bien que se ven a sí mismos. Los conductores no intervinieron siquiera para evitar agresiones gratuitas, interrupciones permanentes o superposiciones que impedían al espectador escuchar las pocas propuestas presentadas. Para empeorar las cosas, la emisión neta duró ochenta y dos minutos, algo más de veinticinco por candidato. En esas condiciones, sin tiempo suficiente, sin periodistas que ejercieran su rol y sin disciplina expositiva, lo que se precipitó no fue un debate sino, más bien, un combate; una charla de café subida de tono, una esquina de barrio en donde los protagonistas, urgidos por sacarse las palabras de encima y apoderarse del silencio del rival, recurrieron a gritos, reduccionismos y golpes bajos para tapar al ocupante del atril vecino e impresionar los oídos y ojos del público con algún epigrama o ademán impactante.

Los tres batalladores evocaban a quienes Bourdieu denominó “fast thinkers”, los especialistas del pensamiento desechable, invitados vitalicios y expertos en consumir tiempo y generar “polémicas”. Los productores de televisión aplican a esta sub-especie de la fauna televisiva el epíteto de “rendidores” ya que hablan de todo, sin vacilar, sin errar y, a veces, hasta sin respirar. “Son personas a las que se puede convidar, se sabe que serán maleables, que no crearán dificultades ni pondrán en apuros, y además hablan hasta por los codos, sin problemas”, afirma Bourdieu en “Sobre la televisión”.

El lunes 11 de junio Mauricio Macri anunció que no participaría del “debate” por el ballotage. Sus asesores le sugirieron un rumbo elusivo. La decisión se tomó luego de que el presidente de la nación y sus ministros intervinieran en la campaña atacando al ganador de la primera ronda con exabruptos (“Mauricio, que es Macri”); no se sabe si para hundirlo o para levantarlo, a la luz del triunfo arrasador del vecino de Palermo Chico en la segunda vuelta. Precavida, la conducción del PRO decidió no correr riesgos innecesarios. El “Debate Final” murió antes de nacer, afortunadamente.

De Bernstein a Cherashny. La consagración del anacoluto

En 1998, en la convención anual de la Asociación de Directores de Radio y Televisión (RTNDA), Carl Bernstein, quien junto a Robert Woodward investigó el plan de espionaje, sobornos y mentiras ejecutado contra el Partido Demócrata por orden del presidente Richard Nixon en 1972, dijo: “En los Estados Unidos la prensa no se ocupa de cubrir la actividad de los medios. La historia contemporánea de los medios de comunicación en occidente es una historia acerca del poder. En la actualidad, los medios de comunicación son probablemente una de las instituciones más poderosas y los periodistas dilapidamos nuestro poder e ignoramos nuestras obligaciones. La consecuencia de esta abdicación de nuestras responsabilidades es la cultura idiota (la producción de noticias frívolas). Creo, entonces, que debemos empezar a preguntarnos por las mismas preguntas fundamentales sobre la prensa y sobre nosotros mismos así como lo hacemos sobre otras instituciones poderosas de la sociedad. Preguntas que interroguen sobre a quién servimos, sobre standards de producción, sobre nuestros propios intereses y la baja de intensidad del interés del público y el interés por la verdad. “La mejor versión posible de la verdad” Ese es nuestro trabajo y debemos retomarlo.”

Lo dicho en 1998 se mantiene vigente en 2007. Los MCM no son en su esencia medios periodísticos; los segundos se realizan en la redacción, los primeros en las oficinas corporativas y en los despachos oficiales. El periodismo es una disciplina que requiere estudio, rigurosa especialización -quizás sea momento de pensar sino debería convertirse en una carrera de posgrado- y dosis masivas de decencia y sentido común. Las normas de producción que menciona Bernstein equivalen en su función y objetivo a la Matriz Valorativa, concepto que desarrollamos en comentarios anteriores y que definimos como “el fundamento y lugar de encastre del Modo Institucionalizado de Informar (MIdI), estándar narrativo periodístico universal y hegemónico.” En cuanto a la “dilapidación de poder” (Bernstein), efectivamente, la complicidad corporativa es una actitud característica del ámbito periodístico, en Argentina y el resto del mundo. Su consecuencia última y terminal: la destrucción de la confianza del público, sin la cual la práctica periodística se transforma en un ejercicio banal.

De paso por Argentina el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz dijo: “La función de la prensa es ser el perro guardián de las sociedades”. Quizás le falto agregar que no es posible ser el mastín de la gente y el faldero del poder al mismo tiempo.

En un pequeño blog con apuntes sobre periodismo, medios de comunicación y política publiqué el 26 de mayo de 2007 una entrevista a Guillermo Cherashny, creador de un personaje manipulador, de calculadas extravagancias en materia de ideas, modos e indumentaria, todo lo cual, parece, le ha permitido hacerse famoso. Ha logrado hacer realidad el sueño de cualquier actor, de teatro o de la calle: no pasar inadvertido.

Lo cierto es que durante más de diez años Cherashny condujo “Brokers”, el mejor programa cómico de la televisión argentina. Corrido por el gobierno, primero de la desaparecida señal P&E y luego de todos los canales en los que logró hacer pie, Cherashny quedó reducido a un fenómeno de feria al que sólo se puede acceder previo pago de una consumición en el bar La Biela.

Aunque insignificante, la edición de la charla fue condenada por voces amigas. “No podés hacerle prensa a ese tipo”, “Es un servicio”, “No es serio”, eran algunas de las indignadas exclamaciones que tuve que escuchar y que en algún momento me hicieron vacilar. Pero luego pensé libremente y concluí que no debía preocuparme, por dos motivos; uno exógeno, el otro endógeno: 1. Mi blog es un entidad prácticamente invisible, tan poca gente lo visita que las probabilidades de deformar una mente joven y desprevenida son infinitesimales; 2. Quedaba pendiente pensar desde una posición ética, de principios. Puede que mi conducta no afecte a nadie, pensé, pero eso no la exime de examen. Una acción puede ser inocua pero también incorrecta, especulé. Sin embargo, después de darle unos cuantos giros al asunto concluí que haber entrevistado a Cherashny y la posterior publicación de la charla habían sido dos impulsos que obedecieron menos a la motivación tilinga de producir una pieza periodística que ninguno de los grandes medios había hecho, que a la necesidad recóndita, inadvertida en un primer momento, de difundir una mirada cínica que expone la verdadera naturaleza de la máquina mediática en particular y de los modos de producción política vigentes en Argentina en general, Cherashny y su cotillón de bizarrías incluído.

Cherashny debe su popularidad no a los periodistas que lo rechazan porque ven en él a una parodia verosímil de sí mismos, ni a los políticos que desconfían de un maverick ajeno a las seguridades que ofrece la corporación de los MCM. Su consagración ha sido dictaminada por un público que reconoce en el arquetipo que lo inspira las trazas de los ámbitos mediáticos y políticos. Paradojalmente, su creatura reúne todas las condiciones que los MCM demandan. No piensa o, en todo caso, como dice Gastón Bachelard del pensamiento precientífico: “Es choricero, piensa como sala”. El ex conductor de Brokers es la materia prima soñada por los PPT. Con sus trajes de Dolce & Gabbana y sus largos zapatos de punta recortada, Cherashny es la imitación burlesca de los políticos y animadores de TV, especialistas en hablar de todo sin decir nada, sin los cuales los PPT perderían su razón de ser. Es la encarnación del anacoluto (del griego: el que no sigue, inconsecuente); la figura gramatical que refiere a la inconsecuencia en la construcción del discurso; al armado anómalo de la frase que rompe la gramaticalidad normativa de la misma, cuando, por ejemplo, el que enuncia cambia de idea a mitad de la exposición. Dicen los manuales que el anacoluto, “Nosotros, bueno, claro, yo no estoy de acuerdo”, caracteriza el estilo de los iletrados o el de quienes quieren pasar por tales o deliberadamente procuran llamar la atención del interlocutor. Seguramente que los dos últimos ejemplos no pueden aplicarse a la mayoría de los políticos y sus socios mediáticos, involuntarios practicantes de la aberración así como de la anáfora y de la epífora.

“Periodistas” empresarios y políticos. La pauta calma

Los periodistas de televisión se parecen cada vez más a los políticos profesionales. Hacen promesas que después no cumplen. Durante la promoción de un programa emitido por una señal “de cable” sus conductores, hasta hace poco feroces oficialistas, venden a duo las virtudes del producto, alternándose en una sintáxis de plano y contraplano. Uno dice contundente: “Acá vas a ver lo que otros programas no te ofrecen”. El otro, muy serio, agrega: “Te vamos a contar lo que otros ocultan”. Sospechamos que las sentencias no están dedicadas al televidente sino a ciertos funcionarios. Los avisos de gobierno son como el “Nervocalm” del padre de Mafalda, sofocan con notable eficacia los ataques de rebeldía de numerosos conductores televisivos.

La utilización arbitraria del dinero del contribuyente es una de las causas principales del proceso de desaparición del periodismo televisivo. María O’Donnell apunta este tema en su libro “Propaganda K”.

“… El Poder Ejecutivo discriminó de manera alevosa a Editorial Perfil, pero avisó en muchos programas que manejaban su línea editorial con total independencia del gobierno y no siempre recurrió al levantamiento de la publicidad como represalia a periodistas que fueron muy críticos. Pero el seguimiento que realizaban internamente en la Casa Rosada mostraba la intención por parte de la Secretaría de Medios de utilizar los auspicios como método de cooptación de periodistas. La estrategia apuntaba, entre otros, a profesionales que tenían más de un empleo (que trabajaban en medios gráficos o canales de aire de alcance nacional y tenían al mismo tiempo un programa de producción propia en el cable o la radio), porque algunos funcionarios entendían que los auspicios en un lugar podían irradiar buena predisposición del periodista en el otro ámbito”, escribe la autora.

Asimismo, en la sección “Los dilemas del “periodista / empresario” del capítulo “La degeneración de la publicidad oficial”, O’Donnell cita lo dicho por Carlos De Elía, gerente de noticias de Canal 13, en un congreso sobre ética organizado por el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) a fines de 2006: “No se conocen muchos casos de periodistas escandalizados por la cantidad de publicidad oficial que tienen. No he conocido a nadie que, por la cantidad de avisos que recibe, se queje porque queda sin espacio para hacer preguntas en su programa de cable. Eso es preocupante, porque el enigma más difícil es resolver cuándo se trata de publicidad y cuándo es un intento de cooptación, aunque en algunos casos es bastante obvio …”

Los MCM ejercen el Periodismo de Administración (PdA), lobby de ejecutivos de relaciones corporativas. Es el modo en que la empresa negocia con el poder, cualquiera sea su naturaleza. Es propaganda. No remite al trabajo de equipos de periodistas que buscan contar la mejor versión posible de la verdad sino a la obediencia debida a la orden del directorio. El PdA, suerte de oxímoron que delata la ausencia de periodismo, no investiga ni narra, sólo despacha. Su opuesto es el Periodismo de Periodistas (PdP), proceso que se inicia con la investigación de hechos de actualidad, para la producción de un informe que se atenga a las conclusiones obtenidas, con el objetivo de publicarlo en un medio de comunicación.

Ningún MCM reconocerá jamás sus fallas informativas porque el error deliberado es uno de los dispositivos centrales de su funcionamiento en tanto mecanismo para hacer negocios. La verdad no ocupa lugar en su lista de prioridades. El manejo de la ambigüedad y el ocultamiento les garantiza control y manipulación discrecional. Los MCM son, en una palabra, máquinas desinformativas, tan periodísticas como Toyota, Shell o Coca Cola.

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Fuentes

“Sobre la televisión”, Pierre Bourdie. Anagrama.
“La formación del espíritu científico”, Gastón Bachelard. Siglo XXI.
“The best obtainable version of the truth”, Carl Bernstein at the annual convention of the Radio and Television News Directors Association.
“Propaganda K”, María O’Donnell. Planeta.
“El fin no justifica los medios”, Gustavo Jalife. En Rayando los Confines y en Perfil, abril 22, 2007.
“La venganza fue terrible. “Yo presidente”, manual de uso del político argentino”, Gustavo Jalife. En “Rayando los Confines” y en Perfil, septiembre 15, 2006.

Octubre 2007

Categorías: Medios y Política · Periodismo

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