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El 14 sólo habrá votos positivos

Enero 27, 2008 · Dejar un comentario

Desde el mismo prólogo de su último libro, Mariano Grondona nos recomienda a ‘los argentinos’ -vaga generalidad muy de moda en la especie ‘autoayuda’- que, para resolver nuestros problemas, debemos saber diferenciar entre las fantasías que nublan nuestras cabezas y la realidad de los hechos.

A la luz de lo escrito en su columna del diario La Nación del 30 de septiembre (1), el conductor televisivo parece desoir la obviedad de sus propios consejos.

Víctima de una alucinación, mezcla probable de recuerdos del pasado y temores del futuro, cree ver golpistas y agentes del talibán en las personas que decidan no votar por alguno de los candidatos en las elecciones del próximo 14 de octubre. Es más, su forma de malversar las palabras y retorcer los argumentos, confundiendo la fantasía con la realidad, lo conduce a conclusiones que profetizan cataclismos de dimensiones bíblicas para la suerte del país y la democracia.

‘Si hubiera un general esperando serían golpistas’. ‘Son talibanes de la antidemocracia’. ‘La democracia y el país sufrirán las consecuencias’, sentencia en un tono y estilo que recuerda a los oponentes dialécticos de Sócrates en los diálogos platónicos.

En las antípodas, con inteligencia, información y su acostumbrado sentido común, Rosendo Fraga señala en La Nación del 28 de septiembre que el voto en blanco e impugnado, que se preveé marcarán un nuevo record histórico, ’reflejan un cuestionamiento hacia la política pero no hacia la democracia. Los argentinos, como Churchill, siguen pensando que la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás’.

El voto siempre es positivo

En su artículo, el animador de Hora Clave nos cuenta sobre lo que pasa en los países prósperos cuyas leyes no obligan votar al ciudadano. Allí, donde los niveles de ausentismo aumentan año a año, Grondona sólo ve una especie de desafecto político que denomina ‘apatía satisfecha’ diferente a la ‘apatía desilusionada’ de los países que atraviesan estrecheces económicas. Concluye que en Argentina -país del segundo grupo- ‘ha surgido la peregrina idea de esterilizar -metáfora inquietante- la boleta votando por Belgrano o San Martín.’ A esta tendencia la bautiza como ‘hostilidad electoral’.

Grondona sostiene, entonces, que no ir a votar en los países ricos no es hostil sino simplemente un síntoma de apatía, mientras que ir a votar en la Argentina, pero de una manera distinta a la que el quisiera, es directamente una declaración de guerra a la democracia. Su posición, sin embargo, no extraña. En su columna de La Nación del 17 de octubre de 1999 (2) embistió con particular celo contra una agrupación que, dentro del marco de la ley, proponía viajar hasta el kilómetro 501 con el objeto de poder justificar su no concurrencia al comicio presidencial del 30 de octubre. Los fulminó señalándolos como potenciales golpistas y se unió a un coro de desaforados exabruptos, entre los que se contaban algunos que pretendieron descalificar a los peligrosos agitadores acusándolos de homosexuales.

Desde este mismo espacio se abrió el debate una semana después y, entre otras cosas, dijimos: ‘Una democracia que ha mutado hacia un estado de cosas en donde, en líneas generales, el ciudadano común presume culpable a cualquier político hasta que demuestre lo contrario no es un cuerpo sano sino profundamente enfermo.’ (3) Afirmación confirmada por una investigación de la Facultad de Psicología de la UBA sobre la cual informa en primera plana La Nación del 1º de octubre. El estudio revela que los argentinos tienen un alto grado de madurez política y, también, un fuerte nivel de descreimiento en las conductas de los funcionarios públicos. ‘La conclusión más grave que obtiene la ciudadanía es que debido a la corrupción generalizada, hay impunidad: nadie puede juzgar a otros por que están todos implicados.’, afirma el doctor Narciso Benbenaste, director del trabajo.

Teniendo en cuenta, por lo tanto, el actual escenario de virtual anomia, la actitud del votante en Argentina es muy saludable porque, aún repudiando a todos los candidatos, los desencantados alientan a concurrir al cuarto oscuro. Esto demuestra una voluntad de cambiar las cosas ya que no hay nada que atente más contra un proyecto colectivo que el desinterés de la gente. Debe reconocerse, también, que la actitud militante de evitar elegir a cualquiera de los candidatos es la consecuencia directa del voto obligatorio. De no mediar la coherción que la ley ejerce sobre el ciudadano, seguramente no estaríamos frente a esta marcada decisión de votar en blanco, anular o impugnar el voto.

Lejos de ser pesimista es ésta una tendencia muy optimista. Los ciudadanos están descorazonados pero, al mismo tiempo, mantienen encendida una pequeña llama de esperanza en la búsqueda de una solución. Todavía creen que los políticos pueden ser enderezados y su ilusión es que mejorarán si se los castiga. Independientemente de cualquier subjetividad, votan a favor y no en contra del sistema. No hay ‘emigración política’ alguna, como sostiene un Grondona pesimista que se complica inventando nuevas formulas para insistir con su grueso error conceptual del 17 de octubre de 1999. El voto, sea cual sea su característica, siempre es positivo porque es la clave de la naturaleza del sistema democrático.

Hostilidad electoral sería, en todo caso y por ejemplo, proponer que los centros comiciales sean atacados físicamente, que sus mesas sean destruídas o que las urnas sean quemadas. Afortunadamente ninguna propuesta de esa especie ni prevalece ni se escucha, por lo que la próxima votación será tan ejemplar como todas las anteriores desde 1983.

El votante en tanto votante no propone -‘los negativistas no promueven otros candidatos posibles’ dice Grondona- sino que, más bien, dispone. Hace uso del legítimo derecho de elegir entre todas las opciones que le ofrece una elección. Y si no acuerda con ninguna de ellas, bienvenida sea la hora en que pueda manifestarlo dentro de la plena legalidad; sin culpas, ignorando las chicanas que pretenden ejercer una suerte de chantaje manipulador de su conducta.

El cuco nihilista

Para cerrar el círculo de su singular exposición Grondona utiliza, al final de su columna, la palabra nihilismo; lo hace como quien le habla del Cuco al niño de tres años que se niega a ir a la cama.

‘El suyo -se refiere a los ‘negativistas del voto’- es parte del nihilismo que también nos invade en otros órdenes de la vida. A la inversa del crítico que no cree en lo que hay porque cree en lo que propone en su lugar, el nihilista no cree ni en lo que hay ni en lo que podría haber. Si su negatividad, que hoy se expresa en tantos mensajes desalentadores que llueven sobre la ciudadanía, se convierte en epidemia, no sólo la democracia sino también el país sufrirá las consecuencias.’

¿Sabe Grondona, el mismo que amenaza con ‘epidemias’ y ‘consecuencias’, de qué está hablando cuando usa la palabra nihilismo? ¿Habla del nihilismo budista o del nihilismo de Schopenhauer? ¿Se refiere al nihilismo de Friedrich Nietzsche o acaso refiere al filósofo alemán Friedrich Heinrich Jacobi, el primero en utilizarla en un mensaje dirigido a su colega Johann Fichte? ¿La usa en el sentido que le diera Tourguieniev -siempre siguiendo las conferencias sobre Nietzsche que Martin Heidegger diera en la Universidad de Friburgo entre 1936 y 1940 (4)- o de acuerdo al modo que prefirió Dostoievski en sus ‘Discursos sobre Pushkin’ de 1880?

Sería bueno obtener alguna respuesta a todos estos interrogantes, porque en la medida en que pasemos por alto la malversación de las palabras, sobre todo de aquellas que se prestan a múltiples interpretaciones por ser objetos de producción de conceptos, la materia prima de la filosofía, nos prestaremos al juego de la frivolidad de opinión. Se trata de una práctica cara al sofista que, para concluir como empezamos, torsiona las palabras y la razón para presentar como verdadero un argumento que no guarda relación alguna con la realidad que tiene lugar fuera de su cabeza. Una suerte de peligroso fundamentalismo, valga la redundancia.

(1) ‘El voto negativo, ¿ayuda o daña a la democracia?’.
(2) ‘Los que se van de la democracia’.
(3) ‘A 100 años de la muerte de Nietzsche. Nihilismo Pesimismo y la democracia perdida en Argentina. Agosto 25, 2000.
(4) ‘Nietzsche’. Éditions Gallimard, 1971. Volúmen II.

Octubre 1, 2001

Categorías: Política argentina

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