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A 100 años de la muerte de Nietzsche. Nihilismo, pesimismo y la democracia perdida en Argentina.

Enero 27, 2008 · Dejar un comentario

El 25 de agosto de 1900 murió Friedrich Nietzsche luego de permanecer aislado en las tinieblas de la locura por casi diez años. Su obra filosófica, más opinada que leída; más discutida que estudiada, cobra hoy actualidad a nivel mundial.

Tres conceptos están en la base de la obra nietzscheana: La Voluntad de Poder; el Eterno Retorno de lo Mismo y el Nihilismo.

El nihilismo como motor de la historia

¿Qué es el nihilismo? La palabra viene del latín nihil y quiere decir nada. Nietzsche, en su obra ‘La Voluntad de Poder’, le dedicó páginas completas, algunas tan bellas como oscuras. En el segundo aforismo de la obra citada se lee: ‘¿Qué significa el nihilismo?: Que los valores supremos pierden validez. Falta la meta; falta la respuesta al ‘por qué”.

El nihilismo es el desencanto por las cosas que nos rodean; es la falta de esperanza y de fantasías con respecto al presente y al futuro. Cuando la realidad que nos toca vivir aparece carente de valor el nihilismo expresa entonces la inutilidad del mundo presente, no del mundo y de la existencia en general.

De acuerdo a Nietzsche, la forma extrema de nihilismo sería la opinión de que toda creencia, todo tener-por-verdadero, son necesariamente falsos por que no existe en absoluto un mundo verdadero ya que las verdades son, siempre, artificios del órden del lenguaje, de la palabra. La medida de nuestra fuerza, dice Nietzsche, es hasta qué punto podemos acomodarnos a la apariencia, a la necesidad de la mentira sin perecer.

¿Por que mentira? Por que no hay verdades ni cualidades absolutas de las cosas. Todo está librado a los valores dominantes del momento. El nihilismo sitúa el valor de las cosas precisamente en el hecho de que ninguna realidad corresponde ni correspondió a estos valores, sino que son sólo un síntoma de fuerza por parte del que los atribuye.

En el ensayo titulado La frase de Nietzsche: ‘Dios ha muerto’, el filósofo alemán Martin Heidegger (1889 – 1976), dice: ‘Nietzsche entiende por nihilismo la devaluación de los anteriores valores supremos.’ Sin embargo, Heidegger marca una diferencia fundamental: para Nietzsche nihilismo no es pesimismo. El pesimista es esencialmente débil. En todas partes ve lo sombrío, en todo ve motivos de fracaso y siempre auspicia grandes catástrofes. El nihilista, en cambio, lejos de ser una persona que no cree en nada, un mero destructor sin objetivos, descree de los valores vigentes pero, al mismo tiempo, procura cambiarlos por distintas formas de valorar. Su meta es sustituir lo viejo por lo nuevo. Demuele a mazazos la vieja casa, pero con los planos de la nueva en el bolsillo.

Para Nietzsche el nihilismo no es un motivo sino la lógica consecuencia de la decadencia; es el proceso de nacimiento, vigencia y muerte de valores a lo largo del tiempo; es el motor de la historia.

El pesimismo argentino. La democracia de los que se van.

La democracia, esa hermosa forma de vivir que floreció en épocas en que el pueblo debatía en la plaza pública, permite a los integrantes de una sociedad comportamientos desiguales y hasta perfectamente antagónicos. La democracia, como le gustaba decir a Winston Churchill, es, efectivamente, el peor de los sistemas de gobierno, a excepción de todos los demás. La democracia, pues, como conjunto de valores dominantes que se imponen sobre cualquier otro modo de organización social está hoy en Argentina jaqueada por su propia dinámica decadente.

Desde el punto de vista político, entonces, el valor que ha perdido valor en Argentina, para decirlo con las palabras de Nietzsche, es el de la democracia. Pero no la democracia en si misma en tanto concepto superior de organización social sino el modo en que ha involucionado, la versión distorsionada que hoy practicamos. En la medida en que no volvamos a dotar de su pleno sentido a esta palabra, por medio de la transparencia de las conductas de nuestros funcionarios y de la plena participación de los ciudadanos en los asuntos de la cosa pública, seguirá siendo eso: nada más que una palabra; una cáscara sin contenido.

Una democracia que ha mutado hacia un estado de cosas en donde, en líneas generales, el ciudadano común presume culpable a cualquier político hasta que este demuestre lo contrario no es un cuerpo sano sino profundamente enfermo.

La corrupción, como lo demuestra el actual escándalo en el Senado de la Nación, se ha instalado en todos los órdenes del sistema republicano, sin excepciones. La exclusión de millones de personas, por otra parte, no genera otra cosa que descontento y descreimiento en el sistema democrático.

Cuando en la noche del domingo 24 de octubre de 1999 las urnas nos indicaron hacia donde se había inclinado la voluntad del electorado, no sólo supimos el nombre del nuevo presidente argentino sino que también nos informamos sobre la existencia de un generalizado malestar en gran parte de la ciudadanía. En las calles, todos los días, respiramos un profundo pesimismo.

No nos debería extrañar, entonces, que surjan como de la nada grupos de jóvenes anónimos y descorazonados que proponen viajar más allá del kilometro 500 para justificar su ausencia de los comicios. Los integrantes del grupo ‘501’ no son nihilistas. Son apenas pesimistas activos. Descreen de la actual democracia pero no se conforman sólo con quejarse. Sin embargo, a pesar de que hacen escuchar su fastidio mediante actitudes absolutamente lícitas, sus métodos son insuficientes; y, hasta podría decirse, egoistas. Han decidido desafiar al sistema respetando las reglas del juego. Proponen una democracia de los que se van, de los que pacíficamente se alejan de las viejas prácticas políticas sin renunciar a la democracia pero sin propuestas que la revitalicen.

El grupo ‘501’ fue condenado sin piedad por la vieja extrema izquierda y, también, por la vieja extrema derecha. Amparados en la retorcida definición que utiliza el Código Electoral Nacional, acusaron inclusive a los que no emitieron un ‘voto afirmativo’ (como si el voto en blanco no fuera precisamente un voto afirmativo) de reaccionarios, potenciales golpistas y hasta de … maricones. Se trató sólo de condenas morales; desubicadas e inconducentes.*

La mayoría ha sido ganada por el pesimismo. Saben a qué le dicen que no. No saben aún a que deben decirle que sí. Están los que esperan las próximas elecciones para votar en blanco; están los que harán que su voto sea impugnado poniendo dentro del sobre la foto de su estrella favorita de rock y, también, los que directamente no irán a votar o desobedecerán el llamado de la autoridad electoral a constituirse en autoridades de mesa. Ninguna de estas actitudes, sin bien respetables, aportan soluciones al problema.

La sociedad argentina está ante una encrucijada decisiva y a la vez riesgosa: o continuará quejándose de brazos cruzados permitiendo que el actual estado de decadencia se perpetue y degenere en una pseudodemocracia con un líder mesiánico-independiente al estilo que hoy practican algunos países sudamericanos; o, en cambio, tomará el rumbo del nihilismo: ensayando actitudes positivas para recuperar los valores de la democracia perdida.

*Mariano Grondona. ‘Los que se van de la democracia’. Diario La Nación, 17 de octubre de 1999

Agosto 25, 2000

Categorías: Política argentina

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