La guerra en Irak ofrece una nueva oportunidad para re-pensar la naturaleza de la relación del periodista con los gobiernos y otros factores de poder.
Catherine Manegold, corresponsal de la revista Newsweek en Dahran, Arabia Saudita, durante la primera Guerra del Golfo en 1991, escribe en su columna “The press in wartime”, (Emory Report, 24 de marzo de 2003):
“Dahran era el eslabón más débil de la cadena logística. Se trataba del punto de entrada para alimentos, combustible, municiones, armamento y toda clase de suministros. Estabamos parados en el medio de un blanco; si el enemigo golpeaba allí condenaba a la inanición y a otras privaciones a las fuerzas en el frente de batalla. Así de trágico y así de simple.”
“Los expertos en logística lo sabían, yo lo sabía, la oficina de inteligencia del Pentágono lo sabía. Sobre la situación en Dahran no se daba ninguna información. Era imposible hacerle una entrevista siquiera al soldado encargado de limpiar las letrinas. Como periodista se trató de una experiencia muy frustrante”, dice Manegold.
En la Guerra del Golfo I practicamente toda la información emanaba de los partes de prensa militares. Sucesivas contradicciones y gruesos errores hicieron tomar conciencia a las fuerzas armadas de que debían dedicarse estrictamente a su misión específica y dejar a las mujeres y hombres de prensa hacer su trabajo.
Los cambios no tardaron en llegar bajo una nueva y controvertida manera de hacer navegar al periodista en la marea de la guerra.
William L. Nash, general estadounidense, se otorga el crédito de haber hecho funcionar a escala al nuevo modelo. La idea, cuenta, surgio a propósito de la intervención de la OTAN en Bosnia, en 1995. Nash, hoy retirado, estaba a cargo de las fuerzas estadounidenses en la coalición militar del Atlántico Norte.
“Nos dimos cuenta que muchos periodistas que habían estado en Bosnia poseían un nivel de experiencia del cual nosotros podíamos sacar provecho. Fue entonces cuando decidimos pergeñar un plan. A uno de sus más importantes componentes lo denominamos “emplazamiento mediático” (embedded media). Se trataba de que los periodistas acompañaran a las tropas por lo menos durante dos semanas. Esto les permitiría tener acceso a las actividades diarias de soldados y oficiales. Alrededor de cuarenta periodistas nos acompañaron durante el desarrollo de las operaciones iniciales.”, señala el militar en un artículo publicado en el otoño de 1998 en la revista “The Harvard International Journal of Press/Politics”.
Embedded es la conjugación en pasado participio del verbo to embed. De acuerdo al Webster’s College Dictionary su significado es: Encajar piedras en el cemento. Incorporar o incrustar algo dentro de una superficie que lo abarque. Al parecer, la palabra fue acuñada en 1794 por un naturalista británico.
Incrustar o encajar pueden ser verbos útiles para describir a un molusco embutido en una roca, pero no para dar cuenta de la situación de un ser humano que trabaja arriesgando su vida. Por ello, resulta más apropiado traducir to embed por “emplazar”, un verbo más tranquilo, lejos del tentador y vulgar, aunque también preciso, “encamar”, que perturba y no viene al caso.
William Safire, prestigioso columnista del New York Times, afirma que el verbo to embed forma parte del “pentagonés”, una suerte de dialecto del inglés que se habla fluído en el edificio central de las fuerzas armadas estadounidenses, cuya silueta se distingue por poseer cinco lados iguales.
Periodismo y Negocios
De acuerdo a Manegold el emplazamiento de periodistas no es lo más adecuado si el objetivo es decir sólo la verdad.
“Cualquiera que haya estado cerca de la guerra sabe muy bien que nadie, ni soldado ni periodista, puede conocer con exactitud el cuadro general de las acciones. Un triunfo fácil en un sector puede hacernos creer que estamos frente a un avance colosal, cuando quizás, en otra zona del combate el desarrollo es muy diferente.”
“La única manera de tener una idea clara de lo que sucede es la misma de siempre: consultar a todas las fuentes que estén a nuestro alcance y obtener la mayor cantidad posible de datos confiables en la mayor cantidad posible de escenarios. El Pentágono tiene que hacer su trabajo, los periodistas el suyo. Esta nueva guerra no tiene por qué ser diferente.”, dice la profesora de periodismo de la Universidad de Georgia.
El experimento de emplazar masivamente periodistas junto a las tropas en la nueva guerra del golfo fue el producto de un acuerdo entre las empresas mediáticas y el Departamento de Defensa.
Antes de incorporarse a la unidad de combate asignada el periodista debe firmar un contrato que indica de modo inequívoco lo que se puede y no se puede informar. Los condicionamientos y las penalidades son múltiples. Se inaugura, de este modo, una nueva era de restricciones y trabas para el trabajo de prensa: a la censura y autocensura se suma ahora la pre-censura.
Las opiniones dividen a los editores. Hay quienes señalan que la vivencia de la guerra junto a la tropa combatiente le aporta a la crónica un nivel de realismo sin precedentes. Otros aseguran que la modalidad es siempre deficitaria por que le quita al reporte la objetividad que se espera de una narración periodística.
En mi opinión, la verdad está más cerca de lo dicho por el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, hombre de declaraciones firmes y claras, gusten o no.
Sobre qué resultados pueden esperarse de esta nueva forma de manipular la información “Rummy” afirmó: “Creo que hay que tomarlo con cautela. Los periodistas emplazados no nos mostrarán ni contarán la guerra en su plenitud sino apenas en pequeñas tajadas de la realidad de la batalla, las correspondientes al lugar que ocupe cada uno de ellos y no más.”
El gobierno feliz: sólo se informa aquello que al poder político le conviene que se sepa. Las empresas contentas: nada de rispideces con la administración de turno y facilidades de toda especie cuantas veces haga falta. Pero, ¿y los periodistas?, ¿y el público?
¿Es el periodismo emplazado un ensayo comercial de las grandes cadenas televisivas estadounidenses en su intento de transmitir una guerra veinticuatro horas, sin interrupciones; una suerte de versión bélica del “Truman Show”?
Los resultados todavía no acompañan la aventura: durante las primeras 72 horas de transmisión las pérdidas por falta de pautas publicitarias ascenderían a más de cien millones de dólares.
¿Se trata del triunfo definitivo del periodismo de administración -cuya racionalidad única y última es satisfacer la voracidad del libro contable de la corporación- sobre el periodismo de periodistas, cuya misión es investigar y escribir respetando siempre la verdad?
Mucho antes de que Tom Wolfe o Truman Capote, anunciaran la llegada del “nuevo periodismo”, una generación de escritores aventureros recorría las calles de Londres, Paris, Berlín o Madrid sin un peso en el bolsillo; animados sólo por la ilusión de poder contarle a la gente lo que ocurría en un mundo convulsionado.
Ed Murrow, William Shirer, Virginia Cowles, y también los más partidistas y egocéntricos como John Reed y Ernest Hemingway, entre otros, cubrieron con maestría distintas guerras, fatigando los campos de batalla, entrevistando a cuanta persona encontraban en su camino y decididos siempre a ver la realidad con sus propios ojos; sin necesidad de subirse a un tanque amigo ni de escribir utilizando el “nosotros” cuando se referían a las fuerzas de su país de origen.
En una palabra: lo elemental. Tan básico como lo dicho sin proezas sintácticas por la Corte Suprema de los Estados Unidos en 1945: “Es esencial para el bienestar del pueblo que la información que reciba sea lo más amplia posible, y que se origine en las más variadas y antagónicas fuentes.”
¿Surge de la alianza empresarial con el gobierno un nuevo “Nuevo Periodismo”? Puede que sí; aunque nuevo no siempre equivale a bueno.
En una editorial del 30 de marzo, el New York Times, el medio gráfico con una de las mejores coberturas de la guerra (John Burns, periodista “no emplazado”) defendió con inusual énfasis a la cadena de noticias Al Jazeera.
“… la decisión de prohibir el ingreso de los reporteros de la cadena Al Jazeera a la Bolsa de Nueva York (NYSE) y al mercado de acciones NASDAQ es repugnante.”
“Al Jazeera es la única estación televisiva no censurada en el mundo árabe y, efectivamente, maneja los debates y discusiones de un modo que puede ser hostil para occidente. No es Fox News. Pero, si mantenemos la esperanza de que las naciones árabes, como la administración de George Bush no deja de recordarnos, puedan gozar de una vida en libertad y democracia, Al Jazeera es la clase de canal de TV que debemos estimular.”
“La censura ejercida sobre Al Jazeera por los príncipes del libre mercado ubica a éstos junto a la notable compañía de Libia y Túnez, países ambos que han hecho conocer sus quejas pues, dicen, la estación de Qatar ofrece mucho espacio a los líderes de la oposición. Jordania la expulsó de su territorio, mientras que Kuwait les ha negado visas a sus corresponsales, quienes debieron ser ubicados junto al personal militar de los Estados Unidos en ese país.”
En un mundo donde el polo magnético de la política está a punto de cambiar de lado, todas las certezas se derrumban y todo lo conocido se torna extraño.
Abril 2, 2003




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